El 12 de octubre, mientras España celebra su Fiesta Nacional o el Día de la Hispanidad, como lo sigue llamando buena parte de la ciudadanía, al otro lado del Atlántico la fecha cuenta otra historia. En algunos países americanos todavía se habla de Día de la Raza o de la Hispanidad, pero la mayoría ha decidido resignificar la festividad en las últimas décadas y celebrar en su lugar la diversidad cultural, el encuentro entre pueblos o la resistencia indígena. Otros han dejado directamente de conmemorarla. ¿Qué tiene este día para despertar tantas lecturas opuestas?
La respuesta no está en 1492, sino mucho después: lo que importa no es el acontecimiento, sino el significado que los Estados le dieron para construir una identidad propia.
La unificación iberoamericana desde la «raza» en 1913
Todo empezó a finales del siglo XIX como un proyecto hispanista impulsado desde la España de la Restauración monárquica, cuyas élites políticas, intelectuales y comerciales buscaban recuperar influencia en América después de las independencias de los países de la región. Se apoyaba en dos ideas, la de «raza» y la de «descubrimiento», y ambas situaban el comienzo de la nación en la llegada europea y no en la historia previa de los pueblos americanos. En 1892, España declaró el 12 de octubre de ese año fiesta nacional en conmemoración del descubrimiento de América, con motivo del cuarto centenario de la llegada de Colón al continente.
Pero fue en 1913 cuando la festividad comenzó a adquirir un relato propio de la mano de la Unión Ibero-Americana y su presidente y exministro español Faustino Rodríguez-San Pedro. Fue él quien apostó por denominar al 12 de octubre Día de la Raza para «exteriorizar la intimidad espiritual existente entre la Nación descubridora y civilizadora y las formadas en el suelo americano». La «raza», por tanto, no se usaba sólo en sentido biológico, sino que también apelaba a una comunidad cultural unida por la lengua, la historia y una supuesta herencia común.
Cuando la fecha se instituyó por ley en 1918, bajo el reinado de Alfonso XIII, esa mirada vino acompañada de nostalgia imperial: el descubrimiento, la colonización y la evangelización se contaban como una epopeya, en un país que veinte años antes había perdido Cuba, Puerto Rico y Filipinas. La celebración se extendió a través de actos, prensa, escuelas, intercambios y diplomacia, y ayudó a imaginar una comunidad transnacional ligada también al comercio.
En cada orilla del Atlántico, sin embargo, la festividad le servía para algo distinto. Mientras España reforzaba sus vínculos con las antiguas colonias, en América la fecha permitía reivindicar una identidad basada en el idioma, el catolicismo y la herencia colonial frente a un Estados Unidos cada vez más influyente, y presentar a las élites criollas como herederas de una tradición europea compartida. La historiografía lo describe como una nacionalización de la memoria: los Estados eligen una versión del pasado para fabricar cohesión política en el presente. Por eso las fiestas nacionales a menudo se convierten en espacios de conflicto y negociación y rara vez son conmemoraciones neutrales.
En 1958, en plena dictadura franquista, el Día de la Raza pasó a llamarse Día de la Hispanidad. Y con la llegada de la democracia, volvió a cambiar de nombre. «Hispanidad» era un término asociado al nacionalcatolicismo franquista, y el nuevo Estado, plural y autonómico, buscó una denominación más neutral. Desde 1987, el país celebra el 12 de octubre la Fiesta Nacional de España y la ley presenta la fecha como el inicio de un «período de proyección lingüística y cultural más allá de los límites europeos». De esta manera, España pasó de celebrar una «raza» a celebrar una proyección cultural, pero sigue cargando con la herencia colonial que le dio origen. Y del mismo modo que España busca en esa fecha un relato de identidad nacional, los países americanos hacen lo mismo con el suyo.
La primera gran crítica llegó desde el Caribe. El cubano Fernando Ortiz, uno de los antropólogos y juristas más importantes de la región, ya había rechazado en La reconquista de América (1911) la existencia de una «raza hispánica» que uniera por naturaleza a España y a sus antiguas colonias. En 1943 Ortiz propuso que los Estados americanos dejaran de celebrar el Día de la Raza y los animó a pensar América desde la transculturación, el proceso por el que culturas en contacto se transforman mutuamente y dan lugar a una nueva, y no desde una sangre común. Su advertencia apuntaba a que la independencia no había deshecho las jerarquías coloniales, y el «descubrimiento» seguía borrando a quienes ya poblaban el continente en 1492.
El relato del 12 de octubre: de la raza a la descolonización
Ante una crítica que había empezado ya en el siglo XX, lo más sencillo habría sido eliminar la fiesta y dejar de hablar de ella. Pero justamente porque las efemérides son una de las herramientas con las que los Estados construyen identidad, los gobiernos americanos han buscado resignificar la fecha. Abrieron un debate social y político sobre cómo reconocerse frente a España, y de él salieron lecturas enfrentadas. Para unos, España dio a la nación una herencia que la hizo plural: lengua, religión, mestizaje. Para otros, les quitó la multiculturalidad y el protagonismo indígena que existían antes de 1492. E incluso hay países que mantienen el nombre del Día de la Raza. Cada país resolvió esa discusión a su manera, y el resultado es el mapa de hoy.
La mayoría hacen hoy referencia a la diversidad cultural. Costa Rica abrió el camino en 1994, cuando una ley rebautizó la fecha como Día de las Culturas para exaltar el carácter pluricultural y multiétnico del país. En Chile, la fiesta, nacida como Aniversario del Descubrimiento de América, pasó a llamarse en el año 2000 Día del Encuentro de Dos Mundos. La expresión buscaba dejar atrás la idea de que América había sido «descubierta», pero conserva una ambigüedad: «encuentro» puede sugerir reciprocidad allí donde hubo conquista y una profunda desigualdad de poder. Es por esa razón que organizaciones indígenas mapuche protestan en las calles cada 12 de octubre para rechazar tanto el «descubrimiento» como el «encuentro».