La bandera colombiana ondeaba a media asta sobre el Capitolio Nacional el miércoles al mediodía en Bogotá, mientras la nación honraba a las víctimas del más reciente atentado en el peor pico de violencia en el país en los últimos 20 años y la Casa de Nariño se preparaba para recibir a su próximo huésped en una Colombia que se encamina a las urnas, tal vez, más fracturada que nunca.
El próximo presidente tendrá que responder por los 12 soldados que resultaron heridos tras un presunto ataque con explosivos del Ejército de Liberación Nacional (ELN) con políticas que logren revertir la escalada de violencia que ha venido en aumento desde el Acuerdo de Paz que el Estado firmó con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en 2016.
Los índices se dispararon a un nuevo nivel a partir de la implementación del plan conocido como “Paz Total”, en el que el presidente saliente, Gustavo Petro, optó por el diálogo con las guerrillas disidentes.
Así, el próximo domingo 31 de mayo los más de 41,4 millones de colombianos habilitados para votar deberán elegir entre continuar por la vía inaugurada por el primer gobierno de izquierda de su historia y una derecha que parece estar cada vez más alejada de los sectores tradicionales que gobernaron Colombia casi ininterrumpidamente en el pasado.
Según la última encuesta pública previa a las elecciones, realizada por el Centro Nacional de Consultoría (CNC) y publicada el sábado por la revista colombiana Cambio, la contienda electoral parece definida entre dos candidatos que no podrán evitar el balotaje.
Uno es el sucesor político de Petro e histórico dirigente de izquierda Iván Cepeda, con un 33,4% de intención de voto, y con 30,9% se ubica el abogado penalista Abelardo de la Espriella, un outsider con reminiscencias a otros líderes de derecha del hemisferio, como el presidente argentino, Javier Milei, Nayib Bukele en El Salvador o el propio Donald Trump en Washington.
Sin embargo, las calles en Bogotá cuentan otra historia. “Yo nunca fui a votar, en mis 64 años nunca voté ni pienso ir a votar. Porque la política no cambia nada”, dijo a LA NACION Ricardo Ballesteros, un cocinero que esperaba junto a su mujer sentado sobre un cantero en la esquina de Carrera 14 y Calle 76, pero que bien podría ser cualquiera de los colombianos a los que la política colombiana no ha dejado de defraudar, más allá de quien gobierne.
“Yo lo único que espero es que ojalá alguien arregle este país”, pidió Ricardo.
“El gobierno de Petro no se aguanta más, estamos peor que nunca. A mi me hubiera gustado votar por Paloma [Valencia], pero lo que tiene De la Espriella es que es abogado, entonces el entiende de leyes y con eso va a poder gobernar el país. Eso y mano dura”, dijo a LA NACION Alix Carrillo, una mujer de 44 años que esperaba para comprar paltas en una esquina de la Plaza Simón Bolívar, en el centro histórico de la capital colombiana.
La Paloma de la que habla es la candidata del Centro Democrático, tercera en las encuestas y mejor alumna del expresidente Álvaro Uribe.
Paloma Valencia es la representante de una derecha tradicional colombiana que viene en caída pero que aún sostiene un núcleo duro electoral no despreciable cuya inclinación podría terminar de definir los resultados.
Y el abogado del que habla es Abelardo de la Espriella, penalista de 47 años y candidato del partido Defensores de la Patria, además de declarado admirador de las megacárceles de Bukele en el Salvador y la “motosierra” de Milei en nuestro país.
También al igual que Milei, el candidato conocido como “El Tigre” hizo campaña en pos de “los que nunca han sido vistos por el Estado” y apuntando contra lo que en Colombia se denomina el establecimiento, en la Argentina la casta y en Estados Unidos el establishment.
Con una fuerte presencia en redes sociales y una fama plagada de polémicas –algunas relacionadas a la defensa de paramilitares y cómplices estatales de la violencia armada– el abogado ha crecido exponencialmente en las encuestas de las últimas semanas, superando por primera vez el techo del 30%.
Condensadas en un documento a modo de punteo, las propuestas principales del programa de gobierno que el outsider denomina “Patria Milagro” se centran en la “extrema coherencia”, es decir, “el sentido común aplicado a la nación”. Según De la Espriella, el sentido común son “la familia, la propiedad, el trabajo, la fe y la seguridad”.
En cuanto a los grupos armados, el candidato propone terminar con los diálogos de paz y asegura que reducirá en un 50% la violencia en el país con la implementación de una estrategia de mano dura y la recuperación del control territorial.