El departamento de Tarija, el más meridional de Bolivia, posee un conjunto de símbolos cívicos que condensa siglos de historia: desde la huella española de la época colonial hasta las gestas independentistas del siglo XIX. Su bandera, su escudo y su himno no son meros emblemas decorativos, sino documentos visuales y sonoros de una identidad colectiva construida a fuego y espada.
La bandera de Tarija está compuesta por dos franjas horizontales simétricas: la superior de color rojo punzó y la franja inferior de color blanco. Suele llevar en su centro el escudo de armas tarijeño. Sus colores no son casuales. El rojo punzó evoca el fuego y la sangre derramada por los revolucionarios, y en heráldica simboliza valor y coraje; el blanco se asocia a la pureza y la fe. Pero hay además una dimensión geopolítica: la bandera departamental coincide en sus colores con una de las primeras versiones de la escarapela argentina del 25 de mayo de 1810, y con la bandera militar federal, ya que la región de Tarija se adhirió ese año a la Revolución de Mayo. Es, en ese sentido, un símbolo que recuerda la posición fronteriza y la vacilante pertenencia histórica de nuestro territorio entre el Alto Perú y el Río de la Plata.
El escudo tarijeño sigue el ancestral modelo de los blasones españoles: su silueta recuerda a un coselete o armadura torácica. Es una pieza de notable riqueza heráldica. Sobre la silueta se encuentra un arco de cinco estrellas doradas de cinco puntas, y a los costados se hallan una rama de laurel y una de olivo unidas por una cinta con los colores de la bandera. En el centro del blasón predomina la iconografía militar de la conquista: una coraza de coselete de conquistador y, apoyado sobre ella, un yelmo tipo morrión español del siglo XVI con una cimera de tres plumas blancas. El conjunto remite directamente a la fundación colonial de la ciudad, establecida en 1575 por el capitán Luis de Fuentes y Vargas por orden del virrey Francisco de Toledo.
De los tres símbolos, el himno es quizás el más narrativo. Fue aprobado y adoptado como himno de Tarija el 25 de enero de 1893, y es una composición en homenaje a la Batalla de la Tablada del 15 de abril de 1817. Esa batalla fue encabezada por el coronel Gregorio Araoz La Madrid junto a los guerrilleros tarijeños Eustaquio «Moto» Méndez, Francisco de Uriondo, Ramón Rojas y José María Avilés.
Sus autores son dos figuras de perfiles complementarios: el 25 de enero de 1893 fue oficializado el himno tarijeño compuesto por el músico italiano Juan Di Fiori sobre los versos del poeta tarijeño Tomás O’Connor D’Arlach. Di Fiori fue un influyente músico, compositor y teólogo que dejó una huella indeleble en la vida cultural de Tarija, y fue pionero en la enseñanza musical en la región, fundando la primera Academia de Música de la ciudad. O’Connor D’Arlach, por su parte, fue un prolífico intelectual: fundó y dirigió varios periódicos y revistas como «La Estrella de Tarija», y su obra literaria incluye más de cuarenta títulos.
La letra lleva la noble divisa que resume el ideario independentista tarijeño: patria, ley, libertad, religión. Sin embargo, el himno ha tenido una vida azarosa: a partir de los años 60, la composición original dejó de cantarse tal como fue escrita, ya que fue revisada por estudiantes de la Normal de Sucre, y la versión modificada empezó a enseñarse en los colegios mientras las bandas de música continuaban interpretando la versión oficial. Recientemente se hicieron ajustes a la 5ª estrofa.
Los símbolos de Tarija son, en conjunto, un palimpsesto: sobre el pergamino colonial español se escribió, con tinta de pólvora y libertad, la historia de un pueblo que prefirió —como proclama su himno— la muerte a la esclavitud. Preservarlos, comprenderlos y cantarlos en su versión íntegra es también una manera de no olvidar.