En vísperas de la invasión de Rusia a Ucrania, el 24 de febrero de 2022, el mundo tenía los ojos puestos en el este de este último país, donde aproximadamente 190.000 tropas rusas habían sido desplegadas al otro lado de la frontera. Solo se hablaba del peligro de un conflicto armado, pero casi todos –incluidos altos funcionarios del Kremlin– no podían creer que la guerra realmente sucedería. Por una simple razón: invadir el segundo país más grande de Europa, después de Rusia misma, era una perspectiva potencialmente catastrófica que seguramente haría que un estratega frío como Vladimir Putin se detuviera a pensar. Sin embargo, trágicamente, se equivocaron al pensar que aquel argumento detendría al presidente ruso.
Cuatro años después, las bajas rusas -entre muertos y heridos- suman casi 1,2 millones de hombres, mientras las fuerzas del Kremlin en Donetsk han avanzado solo 60 km. En Rusia, la economía ha sido deformada por las exigencias del conflicto. El crecimiento se limita al sector de la economía que alimenta el esfuerzo bélico. El gasto gubernamental ha caído en todo excepto en defensa y el servicio de la deuda nacional. Los rusos se sienten agobiados. El costo de su canasta básica de alimentos ha aumentado más del 18% en los últimos dos años. Entonces, ¿por qué Putin no se conforma con lo obtenido y se retira?
La investigación más reciente del Centro para Estudios Estratégicos e Internacionales (CSIS), con sede en Estados Unidos confirma, en efecto, el número en casi 1.2 millones de rusos muertos y heridos desde que se lanzó la invasión a gran escala.
Esa tremenda cifra –que no incluye el espantoso costo ucraniano, que se estima entre 500.000 y 600.000 personas–, es mayor que todas las bajas sufridas por “cualquier gran potencia en cualquier guerra desde la Segunda Guerra Mundial”, afirma el informe del CSIS.
De esa estimación, hasta 325.000 rusos murieron en los últimos cuatro años. Para ponerlo en contexto, eso es el triple de las pérdidas combinadas infligidas a las fuerzas estadounidenses en todas las guerras que Washington libró desde 1945, incluyendo los campos de batalla de Corea, Vietnam, Afganistán e Irak.
Y cuando el conflicto en Ucrania entra en su quinto año, la masacre militar solo empeora, aumentando constantemente mes a mes.
Como es habitual, el Kremlin nunca confirma las cifras, pero funcionarios ucranianos afirman haber matado a 35.000 soldados rusos solo en diciembre. El actual objetivo declarado de los responsables militares en Kiev es matar soldados rusos más rápido de lo que los nuevos reclutas pueden ser entrenados y enviados al combate.
“Si llegamos a 50.000, veremos qué pasa con el enemigo. Ellos ven a las personas como un recurso y la escasez ya es evidente”, afirmó recientemente el ministro de Defensa de Ucrania, Mykhailo Fedorov.
En realidad, Rusia no ha podido generar suficiente fuerza de combate para romper las líneas ucranianas. En la “zona de muerte” de 10 a 30 km alrededor de la línea del frente, vulnerable a drones y sus operadores omnipresentes, soldados y equipos no pueden concentrarse sin convertirse en objetivos. Incluso si las fuerzas rusas rompen las líneas ucranianas, luchan por explotar su éxito.
“En los primeros tres años, Rusia estaba fortaleciendo su ejército. Al final del año pasado, perdía más hombres de los que podía reclutar. Están mal entrenados, la moral es baja y las tasas de deserción son más altas que nunca. Starlink ha cortado a las fuerzas rusas de los terminales de contrabando de los que dependían para apuntar contra el enemigo. Y su propio gobierno ha bloqueado Telegram, que usaban para comunicarse en las líneas del frente”, señala el general Nicolas Richoux, ex comandante de la 7ª. brigada blindada, agregado defensa en Berlín e historiador.
Y Putin tiene cada vez más dificultades para aumentar el número y la calidad de los reclutas. “Rusia depende del dinero, no del patriotismo, para alistar soldados. La probabilidad de muerte o lesión, el abandono de los veteranos y el intento del Estado de evadir el pago del llamado ‘dinero de ataúd’ a las familias de los caídos están elevando el costo del reclutamiento”, agrega.
La factura anual de 5,1 billones de rublos para todo esto equivale al 90% del déficit presupuestario federal. El resto de la economía se está encogiendo. Los pagos de la deuda están aumentando y las perspectivas para los ingresos petroleros son malas.
A comienzos de la guerra, tras un breve impacto de sanciones después de la invasión de 2022, el gasto militar ruso se disparó y su economía prosperó. Impulsada por las exportaciones de petróleo y gas, Rusia desafió las predicciones occidentales de colapso económico, convirtiéndose en cambio en la novena economía más grande del mundo en 2025, según el Fondo Monetario Internacional (FMI), por delante de Canadá y Brasil. Eso es un ascenso desde el puesto 11 antes de que comenzara la guerra en Ucrania.
Cuatro años después, hay señales de sufrimiento financiero, vinculado a una economía de guerra distorsionada. El reclutamiento militar y la priorización de la producción industrial militar han llevado a lo que un periódico ruso pro-Kremlin, Nezavisimaya Gazeta, ha llamado una “grave escasez de mano de obra” en otras industrias esenciales.
“La economía no tiene suficientes operadores de máquinas ni trabajadores de ensamblaje. Necesitamos encontrar 800.000 trabajadores manuales en algún lugar”, informó el periódico.
El costo en espiral de los alimentos ha sido un foco creciente del sufrimiento del consumidor, con las verduras convirtiéndose en el símbolo de descontento popular.
“Los precios de los pepinos y los tomates son escandalosos. Antes, decían que los huevos eran ‘de oro’. Ahora son los pepinos”, publicó en línea una mujer que se identificó como Svetlana en una rara crítica pública a las autoridades.
Historias de pesimismo económico –desde la inflación galopante hasta el cierre de restaurantes y el impacto en cadena de severos aumentos de impuestos– describen las muchas formas en que la prolongada guerra en Ucrania está golpeando duramente a los rusos.