Guillermo Francella antes del suceso «Homo Argentum», de la polémica y de la grieta: cómo se definía y nos definía a los argentinos

Fue en una nota de tapa de GENTE cuando comenzaba a filmar la primera temporada de El encargado, con Mariano Cohn y Gastón Duprat, los mismos directores del filme que por estos días rompe la taquilla y suscita halagos y críticas por igual, desandando 16 microhistorias que tocan de manera intensa el alma y el corazón de los argentinos.

Fue hacia fines de 2022, durante la cuenta regresiva al lanzamiento de la primera temporada de El encargado: Francella se acercó el estudio de Atlántida para adentrarse en una sesión de varias horas que terminó en tapa de GENTE y en una larga entrevista que recorrió sus inicios en la vida y en la profesión y derivó a numerosas cuestiones sobre su rica y consagrada carrera.

«¡Cómo me hicieron trabajar, eh», recuerda en la actualidad el periodista que le comentó el actor al cierre de la charla. Para agregar: «¿Pero todo salió lindo, no?». Y así fue.

Pero no sólo «lindo». Aquella cobertura, casi una síntesis pormenorizada pero a la vez acelerada de sus por entonces 67 años de vida (a la fecha, de 70), entregaba definiciones atemporales, siempre interesantes de recordar. Para el caso, por ejemplo, sobre un tema que se convertía en columna vertebral de la nota: su ADN y el de los argentinos.

Casi tres años luego, cuando la polémica a partir de cómo nos exhibe ante el mundo su nuevo filme, Homo Argentium -que en dieciséis micro historias dirigidas por los directores Mariano Cohn y Gastón Duprat, analiza y cuestiona al ser nacional-, recurrimos a aquella nota justamente para recorrer los espacios más puros y profundos del corazón y el intelecto de Guillermo, unos de nuestros grandes actores, respecto a aquel tema que hoy nos interpela.

 

«¡NO SABÉS CÓMO DICEN LOS OJOS DE LOS ARGENTINOS!»

«Me gusta ser multitarget, que mi audiencia vaya del abuelo al nieto, de una clase social a la otra, y hasta de Boca a River. Todos saben que yo soy de Racing, sin embargo cuando Boca le gana a River o al revés, los hinchas suben ese minivideo mío amaneciendo y diciendo ‘Buen díííía. ¡Hermosa mañana, ¿verdad?!’ O lo recrean en memes. Siempre generaron cosas similares a partir de frases que tomaban de mí. Eso es emocionante, y lo vengo sintiendo en mi país hace años”.

Cierto día no muy lejano un publicista se comunicó con Guillermo Héctor Francella (nacido en Villa del Parque un 14 de febrero de 1955), y le confesó asombrado: “Antes de llamarte decidimos medir tu target, para ver a qué segmento apuntabas. No sabés cuánto nos reímos en la productora cuando descubrimos que tu audiencia iba del abuelo al nieto, de una clase social a la otra, y hasta de Boca a River”.

–¿Es cierta la anécdota que nos contaron? –le preguntábamos sin preámbulos, apenas se sentaba en el estudio para tomar el té con alfajorcitos que lo acompañarán durante la nota.

–Je, sí (sonríe Francella con esa sonrisa que sólo le conocemos a Francella).

–Entonces usted es una especie de Marilyn Monroe…

–¿Cómo sería eso?

Francella le pone su rostro a dieciséis personas en Homo Argentum, transitando momentos de crítica social, simpatía, ironía y demás estados nacionales. Un éxito de taquilla (en dos semanas superó el millón de espectadores, convirtiéndose ya en la película argentina más taquillera de 2025) que inspira el siguiente interrogante a la salida del cine: ¿Nos representa a los argentinos? O en todo caso, ¿en cuánto?

–Dicen los que saben que Marilyn fue quien fue porque le gustaba al empleado de clase baja que trabajaba en un frigorífico tanto como a los representantes de las esferas sociales medias y altas, incluyendo al presidente de Estados Unidos. Salvando las distancias, circunstancias, y el capricho de semejante comparación, ¿no le parece que a usted le ocurre algo parecido en Argentina?

–Me gusta ser multitarget, que mi audiencia vaya del abuelo al nieto, de una clase social a la otra, y hasta de Boca a River. Yo siento eso, y es emocionante. Y lo vengo sintiendo hace años en mi país. Es maravilloso lo que me ha pasado y me sigue pasando, algo inalterable. Nombraste a Boca y a River. Todos saben que yo soy de Racing, sin embargo cuando Boca le gana a River o al revés, los hinchas suben ese minivideo mío amaneciendo y diciendo “Buen díííía. ¡Hermosa mañana, ¿verdad?!”. O lo recrean en memes. Siempre generaron cosas similares a partir frases de programas o películas que tomaban de mí, y empezaban a viralizarse.

–“Al final, lo primero es la familia”, “Te quieroooo”, “Lo que no cambia es la pasión”, entre otras.

–Ahora existen memes, antes quizá eran ringtones o la repetición en la casa, en la calle, que la gente incorporaba e inmediatamente producía algo popular. Y con las redes hay una inmediatez impresionante. Pero yo siempre lo viví a diario, te aseguro.

–Lo extraño es que usted no usa redes…

–Tal cual. Eso fue lo llamativo. Me parecen fantásticas para difundir un trabajo, pero no comulgo mucho con el universo de las redes. Nunca compartí esta crueldad que hay desde el anonimato.

–¿Cómo explica, entonces, que en los últimos años sea, según Google y YouTube, una de las figuras más influyentes del país y no sólo en adultos y mayores, sino también en chicos y jóvenes? Hasta marcas típicas nacionales como Quilmes, Arcor y Geniol, contrataron sus servicios.

–Me llamó la atención enterarme. Pronto me comentaron que no sólo era por los contenidos que yo realizo, sino porque ahora, que se puede encontrar todo en las plataformas, la gente ha seguido reportajes y material mío, y le resulta valiosa mi opinión. Si bien la popularidad masiva tiene un costo, yo siento que para mí siempre todo fue ganancia.

–Háblenos de ese costo.

–La ausencia de privacidad, el sentirte observado -para bien o para mal- las veinticuatro horas del día, la exposición… Por otro lado, siento que, como un jugador de fútbol querido, puedo entrar a cualquier cancha y no me van a chiflar, y es maravilloso… Salvo que Racing haya jugado con ‘ese equipo’ (Independiente) y le ganemos. Ahí quizá sí (mira al cielorraso).

 

–¿Cómo es la devolución del público fuera de las pantallas, en el cara a cara?

–Inmediata y con una reacción que, de buscar un sinónimo físico, equivale a que te levanten el pulgar donde sea, cuando sea. Palabras hermosas de hombres, mujeres, niños, adolescentes, abuelas, abuelos. Hoy, caminando por El Rosedal, en Palermo, no paré de recibir muestras de afecto. Quizá la gente no me para, porque me ve realizando un ejercicio aeróbico, pero a veces me detengo solo ante el pedido de una foto, y ahí salgo posando medio agitado. Pasa que cuando me cruzo con sus ojos siento que están diciéndome algo.

–¿Algo?

–¡No sabés cómo dicen los ojos de los argentinos! Es una mirada permanente, además, andando por el Gran Buenos Aires, recorriendo el país. Para mí la risa es terapéutica, atenúa aunque sea por un instante un mal momento. Siento que genero alegría en el otro, y eso a mí me llena el alma. Lo loco es que también he representado a personajes menos buena onda, y en su momento fue un riesgo grande querer cambiar. No obstante, la empatía continuó.

–Decidió el actor sobre el comediante con tintes nacionales…

–Exacto. A veces los productores me sugerían: “No toquemos nada, hay un público cautivo”. Mientras tanto, yo quería convencerlos de que también se podía hacer un éxito con un contenido diferente. Venía, no sé, por citar algunos ejemplos, de hacer De carne somos, Un argentino suelto en Nueva York, La familia Benvenuto, Poné a Francella, Casados con hijos (¡los Argento!), y llegó un momento en que necesité explorar otra cosa y acceder a contenidos que deseaba sumar como actor. Así surgieron El secreto de sus ojos, Animal, El clan, ¡Atraco! y El robo del siglo, que de verdad no tenían nada que ver con la comedia, ¡y las expectativas igual se cumplieron! Parece nomás que los argentinos me quieren.