Así es por dentro un laboratorio de fentanilo operado por el Cártel de Sinaloa en México

Periodistas de The New York Times atestiguaron en primera persona el peligroso proceso de producción de esa droga letal en Culiacán

Un cocinero del Cártel de Sinaloa trabajando en un pedido de fentanilo en Culiacán, México, el 19 de diciembre (Meridith Kohut/The New York Times)

Acábabamos de ingresar al laboratorio de fentanilo cuando el cocinero vertió un polvo blanco en una olla llena de líquido. Empezó a mezclarlo con una batidora de inmersión y de la olla surgieron vapores que inundaron la diminuta cocina.

Vestíamos trajes de protección tipo hazmat y máscaras de gas, pero el cocinero solo llevaba un cubrebocas quirúrgico. Él y su ayudante habían llegado hasta aquí con prisa para atender un pedido de 10 kilogramos de fentanilo. Si bien a nosotras una sola inhalación de los químicos tóxicos podía matarnos, nos explicaron, ellos ya tenían tolerancia a la droga letal.

“Ahora sí me pegó”, dijo, con aspecto aturdido. “Necesito salir a que me dé el aire tantito”.

El joven salió del lugar rápidamente.

En septiembre se desató una guerra al interior del cártel de Sinaloa en México. En los meses subsiguientes, los enfrentamientos entre las facciones rivales han aterrorizado al estado noroeste de Sinaloa, lo que ha dejado a cientos de muertos y causado daños por miles de millones de dólares, según afirman líderes empresariales. El gobierno mexicano ha respondido enviando a un contingente de militares y realizando una serie de detenciones.

Después de que el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump, amenazara con imponer aranceles si el país no detenía el cruce de drogas por la frontera, las fuerzas de seguridad de México anunciaron este mes su mayor incautación de fentanilo en la historia: 20 millones de dosis de la droga.

Los grupos delictivos han tenido que ajustarse a las nuevas condiciones en el terreno. Temiendo redadas de las fuerzas del orden o ataques de sus rivales, dicen que están moviendo sus laboratorios con más frecuencia de lo habitual y produciendo drogas en nuevos lugares.

Y aún así, incluso en medio de la guerra total y una intensa presión gubernamental, los cárteles de México están experimentando un boyante negocio con el fentanilo.

Nosotras —dos periodistas de The New York Times y una fotógrafa—llevábamos meses intentando acceder a un laboratorio de fentanilo operado por el Cártel de Sinaloa, el cual según el gobierno estadounidense es responsable en gran parte del producto que inunda Estados Unidos. Pero cada vez que estábamos cerca de lograrlo, algún estallido inesperado de violencia desbarataba nuestros planes.

Cuando llegamos a Culiacán, la ciudad capital, en septiembre, una furgoneta apareció junto a una avenida con al menos cinco cadáveres dentro. Nadie en el lugar sabía a qué facción del cártel habían pertenecido los hombres ni quién los había matado. Esa noche, escuchamos disparos justo fuera de nuestro hotel; el descubrimiento de los cadáveres al parecer había desatado enfrentamientos entre grupos rivales. La situación era demasiado insegura como para poder ir al laboratorio.

El segundo intento se frustró por los enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad y los pistoleros de los cárteles; el tercero, por una incursión de un grupo que dejó varias casas incendiadas. Vimos una demostración de cómo se fabricaba fentanilo en una casa de seguridad del cártel, pero no pudimos entrar en el lugar donde los cocineros producían lotes más grandes.

El laboratorio estaba oculto en una casa en pleno centro de la ciudad de Culiacán, en una calle bulliciosa llena de peatones, automóviles y puestos de comida. No había olores ni humo en el exterior que pudieran alertar a un transeúnte de las grandes cantidades de fentanilo que se estaban cocinando detrás de la puerta.

 

Todo el interior estaba oscuro, excepto por una habitación al fondo, que se encendió con llamas al rojo vivo apenas llegamos. Dos hombres se apuraron para apagar el fuego que salía de una olla en la estufa, rodeada de un humo que tenía un tinte rojizo.

 

Después de unos minutos salieron triunfantes y disculpándose: una reacción química había causado una pequeña explosión, explicó el cocinero principal, un joven de 26 años vestido con una camisa azul marino y pantalones.

 

Logramos acceso gracias a uno de nuestros contactos, que conocía un narcotraficante que hacía negocios con los cocineros. El contacto convenció a los hombres de que no revelaríamos sus identidades ni la ubicación del laboratorio. Ellos dijeron que al hablar con periodistas se arriesgaban a represalias mortales, y hablaron bajo la condición de mantener el anonimato.

 

El cocinero principal y su socio nos dieron la mano y su jefe, un hombre de mediana edad que merodeaba cerca, nos permitió ingresar un teléfono y una cámara. Nos advirtieron que estuviéramos preparadas para que aparecieran las fuerzas del orden en cualquier momento.