Los errores que estropearon el sueño socialista boliviano

Durante años, el país logró una esquiva combinación de crecimiento económico, baja inflación y reducción de la pobreza; sin embargo, la situación ha cambiado y la crisis es cada ves más palpable

Durante años, Bolivia fue considerado el país socialista latinoamericano que logró una esquiva combinación de crecimiento económico, baja inflación y reducción de la pobreza.

Su capital, La Paz, es un monumento a aquellos tiempos. Una red de teleféricos de 30 kilómetros de longitud —la mayor del mundo— conecta el laberinto de acantilados y cañones que conforman la ciudad a 3.000 metros sobre el nivel del mar. La reluciente torre presidencial se eleva 25 pisos sobre el centro de la ciudad. Una gigantesca sede legislativa se divisa desde toda la ciudad.

Todo se pagó con el auge de las exportaciones de gas natural. Luego, todo implosionó, llevándose por delante el sueño socialista de Bolivia.

La culpa es de una serie de errores de cálculo y políticas insostenibles aplicadas desde principios de siglo. La falta de inversión y de exploración de los yacimientos de gas acabó por hundir la producción, lo que provocó la actual escasez de diésel en todo el país.

“Pensábamos en un Qatar de gas”, señala Franklin Molina Ortiz, quien fue ministro de Hidrocarburos y Energías de Bolivia durante tres años y medio bajo la presidencia de Luis Arce hasta principios de este año. “No estábamos viendo los números correctos”.

Es más, los subsidios a los combustibles —que hacen que la gasolina sea incluso más barata que en Arabia Saudita— han agotado las reservas de divisas y provocado un mercado negro de dólares escasos. El déficit fiscal de la nación se encuentra en un máximo histórico y los economistas hacen sonar las alarmas ante el riesgo de una espiral inflacionaria. Y los bolivianos están agobiados.

Cualquier repercusión de lo que ocurra no hará más que aumentar el caos en una región que ya sufre disturbios y se sumará a la avalancha de migrantes que ha creado tensiones sociales en todo el continente americano. En la vecina Argentina, más de la mitad de la población vive por debajo de la línea de la pobreza. En Venezuela, los ciudadanos están desmoralizados tras unas cuestionadas elecciones y una intensa oleada de represión por parte del presidente Nicolás Maduro. En Ecuador, las bandas transnacionales de narcotraficantes han desatado una ola de violencia que está socavando el Estado de derecho y la economía en general. Más perturbaciones pueden repercutir en toda la región, e incluso llegar a la frontera con Estados Unidos.

Nada de esto es un buen augurio para Arce, que ha negado las acusaciones de haber organizado un intento de golpe de Estado en junio para aumentar su popularidad. Ahora se especula con que no durará los 13 meses que le quedan de mandato, ya que sus electores están cada vez más agitados. Los próximos comicios del país se celebrarán en agosto de 2025.

Basta con visitar una gasolinera a las afueras de La Paz para darse cuenta de lo difíciles que se han puesto las cosas.

Allí, una fila de camiones de plataforma y semirremolques se extiende a lo largo de casi dos kilómetros porque el Gobierno no tiene suficiente dinero para mantener el flujo de diésel subvencionado.

“Hemos estado aquí desde las cinco de la mañana y ni siquiera nos estamos acercando al frente”, comenta Fortunado Paco, de 74 años, que nunca ha visto este tipo de escasez en los 40 años que lleva conduciendo camiones. “Hemos protestado porque el gobierno actual tiene que resolver la situación”, asegura.

En Bolivia, el salario está estancado en 2.800 bolivianos (USD 405) al mes, algo menos que en 2015, según la Fundación Milenio. Alrededor de las tiendas de comestibles estatales se forman largas filas mientras las familias esperan el escaso suministro de productos alimenticios subvencionados. Los estrictos límites al envío de dinero al extranjero han dejado a los bolivianos con familias en el exterior atrapados financieramente.

Las protestas aisladas se suceden desde hace meses y los transportistas bolivianos amenazan con ir a huelga y bloquear las carreteras para paralizar la nación montañosa.

 

“Nos está llevando a un desastre económico el gobierno de Luis Arce”, afirma Hugo Domingo Ramos, dirigente de una federación de transporte pesado. “No hay gasolina, no hay divisas, no hay trabajo. Estamos en estado de emergencia”, se lamenta.

 

Desde una elegante sala de reuniones en la torre presidencial, con puertas de madera tallada y un enorme cuadro de héroes revolucionarios como Emiliano Zapata, Fidel Castro y Hugo Chávez, Arce proyectó calma. Culpó a su antiguo mentor y expresidente Evo Morales de la crisis.

 

Cuando Morales reformó la industria del gas natural en 2006, subió tanto los impuestos que las grandes petroleras, como TotalEnergies SE, Repsol SA, Shell Plc y Petróleo Brasileiro SA, se limitaron a producir en los pozos que ya habían perforado en lugar de invertir para aumentar la producción en los yacimientos existentes o intentar encontrar otros.

 

Además, el Gobierno utilizaba cálculos excesivamente optimistas sobre la cantidad de gas que ya había descubierto y apenas pensaba en las inversiones necesarias para mantener estable la producción en las próximas décadas.

 

Con el tiempo, la producción empezó a decaer y Bolivia se convirtió en importador neto de energía en 2022. Esto ha chocado con la creciente demanda de energía subvencionada que Bolivia ya no puede financiar.

 

“El problema mayúsculo que hemos enfrentado es que no se han hecho exploraciones. Está este declino de los campos petroleros y gasíferos, también el aumento de la demanda interna”, indicó Arce.

 

Además, el país dejó pasar oportunidades de diversificarse en otras industrias como el litio, el acero y la agricultura.

 

Pero el mandatario confía en que Bolivia está a punto de cambiar.

Gracias a la exploración iniciada durante el mandato de Arce, la empresa nacional de petróleo y gas podría empezar a producir en un megayacimiento en 2026. Las inversiones en siderurgia, agricultura y biocombustibles están empezando a surtir efecto y permitirán al país superar las adversidades actuales, afirmó.

 

Arce también está construyendo plantas de biodiésel que pueden, incluso, reciclar aceite de cocina casero para convertirlo en combustible para motores. Según él, tres de estas plantas sustituirán el 60% del consumo de diésel en Bolivia a finales de 2026.

 

Las filas en las que se han visto atrapados camioneros como Paco son inconvenientes esporádicos que se solucionarán con importaciones de exportadores alineados políticamente, como Rusia.

 

“Estamos bien. Estamos creciendo. Es una crisis temporal“, asegura Arce.

 

El megayacimiento del que Arce habla aún necesita más exploración para determinar si es comercialmente viable, y Bolivia no desarrolló sus vastas reservas de litio cuando los precios estaban altos, según señala Diego von Vacano, un boliviano que enseña Ciencias Políticas en la Universidad A&M de Texas y se desempeñó como asesor informal de Arce al comienzo de su mandato.

 

Bolivia ha firmado acuerdos de litio con empresas rusas que carecen de experiencia demostrada en el sector, mientras que ha rechazado a empresas estadounidenses y europeas con más experiencia, afirmó Von Vacano.

 

Para ser una nación de solo 11,3 millones de habitantes, Bolivia tiene un enorme potencial de recursos naturales que podría resolver los actuales problemas económicos. Hay algunos explotadores salvajes y grupos criminales que no pagan impuestos y producen miles de millones de dólares de oro. La limitada tecnología del país le impide extraer litio a niveles industriales y procesar mineral de hierro, por lo que deja ganancias sobre la mesa. El inmenso potencial eólico y solar permanece en gran medida intacto. Las montañas, selvas y yacimientos arqueológicos de Bolivia ofrecen potencial para convertirla en un destino turístico mucho mayor que el actual.