La relación entre el hombre más rico del mundo, Elon Musk, y el candidato republicano a las elecciones, Donald Trump, se estrecha cada semana. Hace no tanto, Musk, dueño de empresas como Tesla, SpaceX, Neuralink o X, antes conocida como Twitter, presumía de ser neutral, centrista, un hombre sin partido. E incluso se criticaban mutuamente. Pero desde el inicio de la campaña ya no se esconde y está volcado para buscar que vuelva a la Casa Blanca. Respalda y apoya a Trump, ataca constantemente a Kamala Harris, Joe Biden y los demócratas. Ha movilizado a sus amigos multimillonarios para financiar una superpack, los mecanismos que permiten esquivar las leyes que limitan las aportaciones personales a un partido o candidato. Y se lanzan piropos constantemente. Este jueves, sin embargo, el idilio ha ido un paso más allá. Musk, en una de sus charlas habituales con el ex presidente, le instó a crear un ente, una comisión, un organismo para auditar la eficiencia del sector público en EEUU, e incluso se ofreció a dirigirlo. Y Trump ha asegurado que si gana el próximo 5 de noviembre encargará a su amigo el lavado de cara del país.
«Por sugerencia de Elon Musk, que me ha dado su apoyo total y completo… crearé una comisión de eficiencia gubernamental encargada de realizar una auditoría financiera y de desempeño completa de todo el gobierno federal y hacer recomendaciones para reformas drásticas», anunció Trump en una charla en el Club Económico de Nueva York. «Tenemos que hacerlo. No podemos seguir como estamos ahora», añadió.
El controvertido multimillonario, que mientras declara absolutista de la libertad de expresión censura a sus críticos en X y que difunde falsedades y conspiraciones constantemente, afirma que cuenta los días para poder entrar en el Gobierno de Trump. Poco después de la medianoche del martes, Musk publicó un mensaje entusiasta: «No puedo esperar. Hay mucho despilfarro y regulación innecesaria en el gobierno que debe desaparecer». En agosto, en un largo encuentro, esa idea empezó a cobrar forma. Y ahora se va puliendo incluso más.
«Él quiere involucrarse. El está al frente de grandes empresas y todo eso, así que realmente no puede… no creo que tenga tiempo para estar en mi Gobierno», dijo Trump en una entrevista en The Shawn Ryan Show la semana pasada. «Lo pondría en el Gabinete, sin duda, pero no sé cómo podría hacerlo con todas las cosas que tiene en marcha», continuó. De esta forma, una comisión ad hoc, podrían conseguirlo.
Entre los demócratas y muchos analistas hay una preocupación. Recientemente el Tribunal Supremo, liderando una revolución conservadora, falló en una caso muy importante quitándole poderes y competencias a muchas agencias federales, y dejando la responsabilidad en legisladores y tribunales, y no los expertos de cada tema. Mediante esta maniobra de «eficiencia» se podría abrir una vía para profundizar en la desregulación en materia de seguridad o medioambiente.
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En su discurso en Nueva York, Trump apuntó precisamente a las regulaciones gubernamentales, incluidas las que afectan a la producción de energía, y prometió retirar los fondos no gastados asignados durante la administración Biden. El objetivo principal de esa auditoria o comisión de eficiencia sería sin embargo los grandes programas de gasto del país: la Seguridad Social, Medicare y el presupuesto de Defensa, en el que el propio Musk se juega cientos de millones de dólares en contratos.
Los posibles conflictos de intereses son infinitos y evidentes, no sólo por el lado de los cohetes o satélites. Musk siempre ha hecho lobby en favor de la desregulación y se ha opuesto a la supervisión gubernamental, en general y en sus negocios en concreto, mientras tiene denuncias y casos abiertos por sus prácticas laborales, violar las normas de protección animal o medioambiental. «Espero servir a Estados Unidos si surge la oportunidad», ha tuiteado Musk. «No necesito sueldo, ni título, ni reconocimiento».