Brasil será el primer país de América Latina en dotarse de un BSL-4. Se trata de un laboratorio de biociencias de máxima seguridad donde se estudiarán los virus más peligrosos del mundo.
En el mundo, sólo existen 51 laboratorios de este tipo, de los cuales el 70% están en Canadá, Europa y Estados Unidos. El brasileño, ya rebautizado como Orion, está en construcción en el estado de San Pablo, en Campinas, cerca del Centro de Investigación en Energía y Materiales (CNPEM). Las obras ya han comenzado y concluirán en 2025, mientras que su entrada en funcionamiento está prevista para 2028. El proyecto también incluye laboratorios BSL-3 y BSL-2. Dentro de un BSL-4 se manipulan los patógenos aéreos más peligrosos, a menudo mortales, que existen y para los que no hay vacuna. Por ello, los protocolos de seguridad son muy estrictos. Los investigadores que trabajan allí están obligados a ducharse y cambiarse de ropa cada vez que entran y salen. En el interior, los trabajadores también están obligados a llevar trajes especiales conectados a un sistema de ventilación independiente.
Para Brasil, se trata de una enorme oportunidad científica, pero también de un gran reto en términos de gestión económica y seguridad. Si un virus se escapara de estos laboratorios, las consecuencias podrían ser catastróficas, como se sospecha que ocurrió con el coronavirus que pudo salir de un laboratorio similar en Wuhan (China), del que partió entonces el brote de COVID-19. Sobre la importancia de ese laboratorio para Brasil, los científicos no tienen dudas. “Estamos sentados sobre un polvorín en cuanto a los virus que pueden surgir en América Latina”, declaró Fernando Spilki, virólogo veterinario de la Universidad Feevale de Novo Hamburgo, en el estado de Rio Grande do Sul, a la revista científica Nature. Por ejemplo, con el aumento de la explotación del Amazonas, crece el riesgo de entrar en contacto con animales portadores de virus desconocidos. Además, contar con un laboratorio de estas características permitirá a Brasil ser más autónomo y rápido en la producción de vacunas. Basta decir que los cinco tipos de fiebres hemorrágicas -que provocan virus llamados arenavirus y sólo pueden estudiarse en este tipo de laboratorio- han sido identificados en América Latina, uno de ellos en San Pablo.
El laboratorio brasileño está diseñado para tener características que lo harán único en el mundo. De hecho, podrá utilizar el cercano sincrotrón Sirius. Se trata de un acelerador de partículas que produce una potente radiación que los investigadores del BSL-4 podrán utilizar para analizar las estructuras de los virus y comprender la dinámica por la que infectan células y tejidos. Sin embargo, aquí radica uno de los primeros retos a los que tendrá que enfrentarse Brasil, a saber, cómo conectar las dos instalaciones garantizando al mismo tiempo las condiciones de aislamiento necesarias para BSL-4. A esto se añadirá el problema de la formación específica de los investigadores que serán seleccionados para trabajar allí, ya que se trata de una formación sin precedentes en el país. Pero la verdadera incógnita es la seguridad, es decir, cómo proteger este laboratorio de posibles ataques externos, incluso de agentes extranjeros. Para Tatiana Ometto, responsable en el CNPEM de las medidas de contención, Brasil aún no ha establecido un mecanismo de supervisión de los experimentos BSL-4, pero se ha creado un grupo de trabajo con el Ministerio de Salud precisamente para supervisar y ofrecer estrategias al respecto. Por último, existe un problema económico. De hecho, un proyecto de este tipo puede costar hasta 12 millones de dólares al año, como demuestra el caso del Laboratorio Nacional de Galveston, en Texas, por ejemplo. Hasta ahora, el gobierno brasileño ha inyectado mil millones de reales en el proyecto de construcción de Orión. Pero luego, cuando el laboratorio entre en funcionamiento, ¿habrá los fondos necesarios para permitir su funcionamiento y mantenimiento cada año?
Ejemplos recientes en otros campos científicos en los que se ha perdido tanto dinero para no traer casi nada a casa deberían impulsar un enfoque diferente para este laboratorio del futuro. Por ejemplo, con una gran fiesta el 27 de marzo, Lula, su esposa Rosangela da Silva, conocida como Janja, y el presidente francés, Emmanuel Macron, inauguraron con todos los honores en Itaguaí, Rio de Janeiro, el submarino S-42 Tonelero, construido en colaboración con Francia: “En este astillero de Itaguaí vislumbramos la inmensidad del espacio marítimo brasileño”, declaró el presidente Lula. Sin embargo, justo al día siguiente, la Marina brasileña sufrió un recorte del 83% de los fondos que iban a destinarse a Prosub, su programa estratégico de desarrollo de submarinos. Además se despidió a 200 trabajadores, muchos de los cuales habían asistido con alegría a la ceremonia de botadura del submarino.
Por no hablar del programa nuclear brasileño. La construcción de la central nuclear de Angra 3, en el estado de Rio de Janeiro, se prolonga desde hace casi 40 años sin que se vea la luz al final del túnel. Entre 2018 y 2024, la construcción de la obra sólo ha avanzado un dos por ciento. “Desgraciadamente, no existe ningún compromiso por parte del Gobierno federal para transformar el programa nuclear brasileño en un programa estatal”, afirma Pimentel Tavares, ingeniero de Eletronuclear, la empresa encargada del proyecto. El 65% del capital de Eletronuclear es privado, después de que Eletrobras, que gestionaba la participación mayoritaria, fuera privatizada. “Estamos, pues, ante un escenario paradójico en el que un sector estratégico como el nuclear está en manos privadas. Brasil no está siguiendo el ejemplo de países que tienen programas nucleares de éxito, como Corea del Sur, Japón, Francia, Estados Unidos y el Reino Unido”, explica Pimentel.