Hace dos semanas, cuando la policía levantó por la fuerza un acampe de protesta en la Universidad de Columbia, los estudiantes de la Universidad de Yale ya estaban preparados y siguieron el minuto a minuto del caos subsiguiente a través de las redes sociales.
Si los estudiantes de una universidad de élite de Nueva York estaban dispuestos a ser arrestados, ellos también. A la mañana siguiente, los manifestantes de Yale ya se habían instalado con sus propias carpas. Ese mismo día, en una videoconferencia por Zoom, 200 estudiantes de decenas de otras universidades de todo Estados Unidos ya planificaban la manera de replicar la protesta de sus compañeros de Columbia.
“Debatimos la forma de reclutar gente y sumarla al reclamo, sobre lo que significa plantarnos juntos, de manera solidaria, y sobre lo que pasaría, que este tipo de acampes empezaran a multiplicarse en todas las universidades del país”, dice Soph Askanase, una estudiante de 21 años que fue arrestada en Columbia.
Lo que se desató a continuación fue el comienzo de lo que los historiadores ya describen como uno de los levantamientos estudiantiles más importantes que Estados Unidos haya vivido en los últimos tiempos. Aunque los funcionarios esperan que este mes, cuando terminen las clases, la tensión afloje, para los respectivos gobiernos de las universidades estas protestas se han convertido en una crisis, mientras hacen malabares entre reclamos contrapuestos para combatir la retórica antisemita y garantizar la libertad de expresión del estudiantado.
“Creo que la torre de marfil tiene pies de barro”, dice Steven Mintz, profesor de historia de la Universidad de Texas en Austin. “Sus cimientos son mucho más frágiles y vulnerables de lo que parece, y tiene grandes grietas en la fachada”.
Meses de activismo
Aunque recién aparecieron en los titulares del mundo en los últimos días, y escalaron este miércoles por la madrugada con enfrentamientos en Columbia y la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), las actuales manifestaciones en las universidades norteamericanas son el desenlace de meses de activismo y tensiones en los campus. Las protestas comenzaron pocos días después del ataque de Hamas del 7 de octubre a Israel, pero luego los estudiantes empezaron a movilizarse en torno a un reclamo en particular: que las universidades retiren sus inversiones en el sector de fabricación de armas. Y en los últimos meses, cuando no recibieron la respuesta que esperaban de parte de las autoridades universitarias, los estudiantes empezaron a recurrir a tácticas cada vez más agresivas y la virulencia de la protesta fue in crescendo.
La revuelta universitaria fue escalando al fragor de las redes sociales, que hacen posible que los estudiantes estén comunicados en tiempo real y adopten tácticas impensables en movimientos estudiantiles del pasado.
El historiador David Cortright, profesor emérito de la Universidad de Notre Dame, dice que las actuales manifestaciones ya son comparables con otros grandes movimientos de protesta de los últimos 60 años, incluida la campaña para terminar con el apartheid en Sudáfrica y las marchas contra la codicia de las corporaciones del movimientos Occupy Wall Street en 2011.
Pero a diferencia de las protestas de décadas pasadas, las autoridades universitarias hoy tienen menos herramientas disponibles para aplacar el reclamo de los manifestantes. Los expertos dicen que el planteo de los estudiantes sobre desinvertir en la industria armamentista no sólo es impracticable, sino que probablemente no redundaría en ningún beneficio concreto. Y en términos más generales, a los estudiantes podría costarles encontrar aliados: muchos potenciales adherentes se alejaron, en rechazo a tácticas y consignas que algunos consideran antisemitas.
“El doctor Martin Luther King le gustaba hablar de ‘tensión creativa’, cuando se altera la calma superficial y los poderes fácticos no tienen más remedio que prestar atención”, dijo Cortright. “Pero una de las reglas de oro en términos de eficacia es construir una coalición amplia y no espantar a los potenciales seguidores. ¿A quién se le ocurre salir con una consigna que pueda espantar a un posible aliado?”.
Las protestas son poco organizadas, carecen de líderes naturales, y se centran en un reclamo: que las universidades desinviertan en el sector armamentístico y en empresas cuyos principales negocios son con Israel.
En la Universidad de Brown, los estudiantes presentaron un manual de 50 páginas sobre cómo lograrlo, y dicen que podría aplicarse el mismo modelo adoptado por la universidad para desinvertir en la industria tabacalera en 2003 o combustibles fósiles en 2020. Por la crisis en Darfur, en 2006 Brown también retiró sus inversiones en empresas que hacían negocios con Sudán.
“Francamente, esta nueva generación no va a permitir ese mal uso descarado de nuestros impuestos”, apunta Nour Abaherah, un estudiante de posgrado que participó de una huelga de hambre. Pero la forma en que las universidades tienen invertidos sus fondos complica la desinversión, señala Chris Marsicano, profesor de educación del Davidson College, que investiga los fondos y las finanzas universitarias.
En primer lugar, dice Marsicano, es imposible saber exactamente cómo y dónde están invertidos los fondos de las universidades: las facultades son notoriamente reservadas al respecto y revelan lo menos que pueden. Blanquear ciertas inversiones puede generar problemas de todo tipo, señala el investigador, desde el bochorno de descubrir que una empresa en la que se pretende invertir compite con una empresa de uno de los tesoreros de la universidad, hasta la posibilidad de que la noticia de que una casa de altos estudios pretende vender o comprar acciones de determinada empresa afecte el precio de esos papeles.
“Acá estamos hablando de decenas de miles de millones de dólares, y cuando los fondos son tan grandes, siempre hay razones legales y prácticas para no revelar exactamente ni explícitamente en qué están invertidos,” dice Marsicano. Muchos de los grupos de estudiantes exigen poner fin a esa opacidad. Los de la Universidad de Columbia, por ejemplo, reclaman “la transparencia absoluta de todas las inversiones financieras” de su casa de estudios, una perspectiva muy poco probable.
Y la desinversión en ciertos sectores de la economía, dicen los expertos, es inviable en términos prácticos. Lo más probable es que las universidades tengan muy poco vínculo directo, si es que lo tienen, con fabricantes de armas o con empresas radicadas en Israel. Y en caso de existir, sería a través de los así llamados “fondos índices”, de renta fija o variable.
Según Mariscano, sería extremadamente difícil determinar las empresas que participan de un gran fondo índice, o las empresas que puedan estar vinculadas de manera indirecta. De hecho, hoy Israel es líder en desarrollos de energía solar, en soluciones innovadoras para el cambio climático y en productos farmacéuticos.
Mintz, profesor de historia de la Universidad de Texas, dice que todas esas complicaciones asociadas con la desinversión son una de las razones por las que las autoridades universitarias no tienen soluciones fáciles para poner fin a las protestas. En las décadas de 1960 y 1970, las soluciones que proponían los estudiantes eran más fáciles de implementar, como la creación de programas para estudiantes afroamericanos.
“Si estuvieran reclamando la creación de una carrera de Estudios Negros, , por ejemplo, se podría hacer. Y cuando fue la Guerra de Vietnam, a las autoridades universitarias tampoco les costó nada plegarse al reclamo y salir a denunciarla”, dice Mintz. “Pero todo este tema es mucho más complicado”.