
Por Carlos Pagni – La inflación de marzo en Venezuela fue de 1,4%. La inflación de marzo en Turquía fue de 5,5%. La inflación de marzo en la Argentina fue de 6,7%. La comparación es atroz y cobija dos mensajes. El más obvio: la Argentina padece este mes la inflación más alta de la región y del planeta, con la sola excepción de Rusia. Con un detalle corrosivo: consiguió superar a la economía del chavismo, que es la oveja negra de América Latina. Lluvia ácida sobre Alberto Fernández. La segunda evidencia: el, por llamarle de alguna manera, modelo venezolano, está corrigiendo sus delirantes distorsiones por la vía del ajuste más feroz, que es el que ejecuta la ceguera del mercado. El discurso que se embandera con el nacionalismo aislacionista está sufriendo una dolorosísima refutación. Lluvia ácida sobre Cristina Kirchner.
El índice de inflación que se conoció ayer es un cañonazo que impacta sobre del Frente de Todos. Esa fuerza política carece de la principal condición que debería ofrecer a la sociedad para superar el descalabro: consistencia política para sostener un programa coherente de estabilización. La inflación espiralizada promete agravar esa indigencia. El índice de 6,7%, que es de 7,2% para los alimentos, ejerce sobre el Presidente una presión que lo obligará a atarse con más fuerza al mástil del programa acordado con el Fondo Monetario Internacional. Esa sujeción está destinada a acelerar la crisis interna. En primer lugar, porque el aumento de tarifas y la actualización del tipo de cambio generarán más inflación y, en consecuencia, endurecerá los reproches que recibe el Gobierno desde su propia base. No hay que pensar solo en la señora de Kirchner y su feligresía. Es imposible que los gobernadores, intendentes, sindicalistas y líderes de movimientos sociales que vienen acompañando a la Casa Rosada no manifiesten también el desasosiego que provoca el vértigo de los precios. Comparados con el promedio anual del 2019 los salarios no registrados cayeron un 12%; los salarios públicos descendieron 8,9%; los salarios privados registrados cayeron 3,5%. El salario de los trabajadores registrados y no registrados cayó 6,8 en dos años. Son números que preocupan, sobre todo, a la dirigencia oficialista, que interpreta que el arbitraje de la puja distributiva no se actuó en favor de los trabajadores.
En segundo lugar, las medidas que Fernández está obligado a tomar para responder al drama inflacionario lo acercarán a la ruptura con la vicepresidencia. Para cumplir con el cronograma pactado con el Fondo, él necesitaría modificar mañana el presupuesto nacional vigente; y también fijar un nuevo régimen tarifario que debe ser sometido a audiencias públicas. La actualización presupuestaria se demorará, y requerirá de un Decreto de Necesidad y Urgencia. El aumento del precio de la luz y el gas necesita de la firma del secretario de Energía, Darío Martínez, del titular del Enargas, Federico Bernal, y de la titular del ENRE, Soledad Manin, una funcionaria alineada con Federico Basualdo, el subsecretario de Energía Eléctrica, que se sublevó con éxito el año pasado para resistir un aumento de tarifas. Martínez, Bernal y Manin, que responden a Cristina y Máximo Kirchner, no tenían incentivo alguno para inclinarse ante lo que Martín Guzmán pactó con el Fondo. Esperaban, alarmados, un índice de 6,2%. Desde que se conocieron los porcentajes de ayer, tienen todavía menos estímulo para aceptar esas indicaciones que suponen, según cálculos informales de Basualdo, un ajuste de 65% en las tarifas para la mayor parte de las familias.
A Fernández, por su parte, se le achica el margen de maniobra. Por eso Guzmán trazó el lunes, en diálogo con Gustavo Silvestre, una desafiante línea roja: “Gobernaremos con aquellos que estén alineados con el programa del Gobierno”. La frase fue estudiada. La pronunció por pedido del Presidente, que el domingo, en Olivos, había mantenido con él una charla de dos horas. Es el juego de una doble desconfianza. Fernández hace que de la amenaza al kirchnerismo, que correspondería al liderazgo político, se encargue un funcionario que está a tiro de decreto. Y Guzmán aclara que es un emisario del Presidente, acaso porque desconfía en la perseverancia de su jefe para sostener ese criterio. O esa insolencia. Igual el problema está planteado: ¿Se acerca la expulsión del gabinete de un bloque kirchnerista? ¿Guzmán sobrevivirá a esa purga?
En este contexto, la definición que formuló ayer Cristina Kirchner en una cumbre parlamentaria requiere de múltiples lecturas. Ella insistió con una vieja concepción que alimentó toda una tradición antiliberal de la vida pública. Es la que postula la existencia de dos poderes, uno real y otro formal. Se puede tener la banda y el bastón, es decir, los atributos institucionales del mando, pero estar vacío de poder. El verdadero poder provendría de los votos, en la experiencia democrática, o de las armas, en los procesos revolucionarios y golpistas. Esas reflexiones se escucharon como si fueran la vibración que precede a algún derrumbe.
El diseño trazado por la vicepresidenta es muy peyorativo para Fernández. Él sufre una pérdida acelerada de consenso social, en especial entre sus votantes, como acaba de consignar un estudio de Shila Vilker y Raúl Timerman. En los conurbanos, donde la inflación alimentaria es más cruel, ese deterioro es más veloz. Sobre todo, si se lo compara con la performance de la señora de Kirchner, cuya caída no es tan pronunciada. La remanida tesis expuesta ayer sobre los dos poderes, real y formal, es más dañina si se observa que Cristina Kirchner presume, con bastante derecho, de tener más votos que Fernández.