
Al menos 200 enfermos de gravedad por COVID-19 se mantienen en salas comunes y pasillos en los hospitales de Paraguay, dónde ya fueron ocupadas las 750 camas de terapia intensivas con las que cuenta el país.
“La situación es bastante complicada. A pesar del impresionante crecimiento (en la capacidad de atención en terapia intensiva) que se tuvo, no hay forma de dar respuestas. Si seguimos a este ritmo ni aunque tengamos 1.000 o 2.000 camas vamos a poder dar respuesta”, declaró el ministro de Salud, Julio Borba.
Por su parte, el director de Vigilancia de la Salud de esa Nación, Guillermo Sequera, advirtió que Paraguay “está en rojo” por el elevado número de muertos. “El país se encuentra con un nivel de transmisión comunitaria muy alto. Los pronósticos son bastante oscuros para este mes, y probablemente para parte de julio también”, indicó.
Las estadísticas sobre el impacto de la pandemia en Paraguay revelan que casi 400.000 personas se han contagiado de COVID-19 y otras 11.000 han muerto a causa de la enfermedad. La nación suramericana se ubica como la de mayor mortalidad en el mundo desde hace dos semanas, con una tasa de 24,79 decesos por cada 100.000 habitantes, según un conteo de la agencia AFP en base a cifras oficiales.
En espera por una UTI
Marta Aquino, de 26 años, tuvo que ver sufrir a su madre durante dos días en una silla antes de ser atendida en cuidados intensivos. “Llegamos a suplicar para que la atiendan” en el hospital de la seguridad social. “Pero no nos dieron ningún tipo de atención. Solo argumentaron que no tenían espacio en ese momento, que estaban saturados”, refirió Aquino a la AFP.
Pero no solo las camas de cuidados intensivos escasean. Los médicos en ese país también deben lidiar con la falta de oxígeno, antivirales y antibióticos. “Tal vez hubo insuficiente planificación del ministerio de Salud. No se tuvo a tiempo el equipamiento, la infraestructura, no se contrató la cantidad suficiente de personal que se iba a necesitar para estos tiempos”, indicó la doctora Ovando.