En las calles algunas personas buscan entre la basura o viven de la caridad de la gente de a pie
A primera hora de la mañana, mientras Santa Cruz de la Sierra comienza a despertar entre el ruido de los autos y el eco de vendedores y compradores, Lidia Villavicencio ya está buscando qué llevar a casa.
Tiene 60 años y llega desde el Plan 4.000 hasta los alrededores del antiguo Mercado Abasto. No viene a comprar. Busca entre los contenedores de basura algo que todavía pueda servir para alimentar a los siete nietos que tiene bajo su responsabilidad.
“No alcanza la plata”, repite.
La frase es dura, y demuestra que detrás de ella hay una economía con precios de alimentos y transporte que se encarecen a diario y que los ingresos para cubrirlos ya no alcanzan, o incluso ya no existen.
Lidia dejó de trabajar porque debe hacerse cargo de sus nietos. El padre de los niños murió y la madre está enferma, cuenta. No tiene apoyo familiar permanente. Desde el año pasado comenzó a buscar comida entre los desechos del antiguo Abasto.
La escena de Lidia tiene un respaldo en las cifras oficiales.
La Encuesta de Hogares 2025 del Instituto Nacional de Estadística (INE), publicada recientemente, revela que 1,9 millones de personas, equivalentes al 16,7% de la población, se encontraban en situación de pobreza extrema. La pobreza extrema había sido de 12,8% en 2024. El salto fue de 3,9 puntos porcentuales.
En la calle el número no se visualiza como una tabla estadística. Sino en una mujer que revisa basura para encontrar comida.
En el mercado Abasto Antiguo personas busca entre la basura algo que comer y llevar a casa. La escena se ha vuelto cotidiana en este lugar | Fuad Landívar
La fotografía de 2025 adquiere una dimensión política porque corresponde al cierre del ciclo de gobiernos del MAS.
El resultado de 2025 fue contundente: 44,7% de la población estaba en situación de pobreza, mientras que el 16,7% estaba en pobreza extrema.
La pobreza extrema, además, no solamente cuenta cuántas personas están debajo de la línea. El INE calcula también la brecha, que permite conocer qué tan lejos están sus ingresos de ese umbral. En 2025, esa brecha promedio fue de aproximadamente 5,8%.
La pobreza tiene rostro
Lidia cuenta que antes recibía ayuda con mayor frecuencia. Ahora debe recorrer una distancia mayor para encontrar lo que pueda llevar a sus nietos. Incluso llegar hasta el mercado tiene un costo.
El pasaje desde el Plan 4.000 subió de 2 hasta Bs 3,50. Y cada moneda cuenta cuando el presupuesto familiar no alcanza para cubrir las necesidades básicas.
La encuesta define la pobreza extrema por ingresos. Es decir, una persona está en esa condición cuando el ingreso per cápita de su hogar está por debajo del costo de una canasta básica alimentaria, calculada por el INE. Para 2025, la línea fue de aproximadamente Bs 660 por persona al mes.
Esta cifra ayuda a entender el día a día de esta mujer, que debe repartir sus escasos recursos entre alimentación, transporte y las necesidades de siete niños.
En la avenida Cumavi, a unos kilómetros del Abasto, Luis Fernando Sánchez también valora cada moneda.
Lleva 32 años cantando en las calles. Un accidente le hizo perder la vista y puso fin a su carrera como intérprete de música folclórica. Desde entonces convirtió su voz en una forma de subsistencia.
Ahora interpreta principalmente música cristiana. Su escenario es la calle. Su público, los transeúntes, de cuya ‘voluntad’ dependen los ingresos.
Luis Fernando tiene cinco hijos, ya mayores, pero todavía siente la responsabilidad de ayudar cuando puede. Durante décadas consiguió llevar el pan a su casa cantando en la vía pública.
Pero ahora todo cambió. “Está complicada”, responde cuando se le pregunta por su situación económica.
No necesita ver para saber que los precios subieron. Lo percibe en las monedas que recibe y en lo que puede comprar con ellas.
También observa el impacto del dólar. Si suben los productos importados, dice, el efecto termina llegando a los precios que paga la gente. Su explicación no viene de un libro de economía. Sino de tres décadas trabajando en la calle.
Roxana Telles también aprendió esa economía sin pasar por una universidad. Desde muy joven vende dulces para sostenerse. Pero desde hace 15 años utiliza una silla de ruedas debido al lupus, una enfermedad autoinmune que atacó su cuerpo hasta dejarlo en esa especie de prisión con ruedas y metal.
No tiene una familia que pueda sostenerla económicamente. Cuenta con una persona a quien considera una “hermana en Cristo”, que la ayuda cuando puede.
Su puesto de venta es también su mecanismo de supervivencia. Roxana observa la crisis desde otro ángulo: el de quien debe generar a diario el dinero para cubrir sus gastos de salud.
“No me queda otra”, dice cuando explica por qué continúa trabajando, pese a su condición.