El ataque como única defensa

Por María Elena Polack - “Con mi plata hago lo que quiero” (De Manuel Adorni)

Hace años, Elisa Carrió le pedía a Néstor Kirchner que mostrara “el papelito” del depósito de los millones de dólares por las regalías petroleras que había recibido del gobierno de Carlos Menem y que el entonces gobernador de Santa Cruz decía haber depositado en el exterior.

Ese “papelito” nunca fue mostrado. ¿Existiría tal depósito a nombre del Estado patagónico? Nada debería ser más sencillo que mostrar la documentación respaldatoria de una acción. ¿O acaso la ARCA no es capaz de pedirnos hasta el ticket de compra de un kilo de papas si nos retrasamos en pagar el monotributo?

En tiempos mucho más tecnológicos, ya no habría que perder ni un segundo en discutir quién paga qué. Usted saca una entrada de cine y antes de salir de la página web, ya recibió por email la factura y el ticket para entrar con un QR para ir a disfrutar de la película elegida. Su máxima preocupación será definir el tamaño del balde de pochoclos para pasar el rato. Por eso, no deja de llamar la atención que el jefe de Gabinete, Manuel Adorni, no muestre “el papelito” a su nombre del pasaje a Punta del Este en jet privado para Carnaval. En sus días de panelista mediático, Adorni señalaba a cuanto político con cuentas dudosas se cruzaba por el camino. Ahora trastabilla en el atalaya de su soberbia porque no le gusta dar explicaciones. “Con mi plata hago lo que quiero”, respondió a los colegas en la Casa de Gobierno que le hicieron las preguntas necesarias para que Adorni, que fue buen vocero de Milei pero no lo es de él mismo, pudiera dejar a todos con la boca llena de documentación que respaldara su honestidad.

Como todo político opaco, ensayó una defensa basada en el ataque. “Sos apenas un periodista, no un juez”, le propinó a un colega cuya intención era dilucidar si el periodismo exagera al señalarle una cadena de acciones económicas que se chocan de frente con su modesto salario de jefe de Gabinete y con las declaraciones del amigo que lo invitó a Punta del Este y generó más confusión sobre el origen de los billetes para pagar el puente aéreo.

Buena parte de las diatribas morales con las que Adorni ha cimentado su veloz carrera política se deben a investigaciones periodísticas que desnudaron los manejos de la casta política, como a él le gusta señalar. Muchos años después, llegó la Justicia a conclusiones idénticas sobre la falta del “papelito” que confirmara las malas acciones que, entre otras cosas, le permitió a Adorni trazar la estrategia discursiva para que los libertarios llegaran al poder.

Hay que destacar, también, el anuncio de que, finalmente, el jefe de Gabinete asistirá al Congreso para brindar el informe de gestión al que lo obliga la Constitución. La laxitud con la que se cumple ese compromiso es otro indicador de cómo se ha devaluado la cultura de la transparencia y la rendición de cuentas por parte del poder. Hubo un tiempo, entre 2015 y 2019, en el que esa era una cita puntual e impostergable. Ahora se parece más a una ceremonia ocasional, de acuerdo con el gusto y la conveniencia del convocado.

No solo el de las conferencias de prensa se ha convertido en un género en extinción (el presidente no ha dado ninguna desde que asumió el gobierno), sino que el propio formato de la entrevista ha perdido la naturaleza incisiva que solía caracterizarlo. Tal vez influya la atomización del ecosistema mediático, pero cada vez es más raro que un actor de la vida pública (no solo los funcionarios) se someta a preguntas de interlocutores independientes. Aunque hay excepciones, por supuesto, lo habitual es que los dirigentes políticos, pero también los intelectuales y los deportistas, elijan espacios amigables en los que la entrevista es reemplazada por la charla amena y condescendiente.

Tal vez valga la pena volver a ver una vieja película que recrea las célebres entrevistas que le hizo el periodista británico David Frost a Richard Nixon. Ya alejado del poder, acosado por la sombra del caso Watergate, el expresidente norteamericano enfrentó un interrogatorio implacable e incisivo. Hubo intereses en juego, es cierto, incluso un acuerdo económico. Pero la escena –retratada en un film excepcional dirigido por Ron Howard– pertenece a una cultura en la que el poder y la política se sienten obligados a responder preguntas.

En una Argentina atravesada por tramas vidriosas en todos los niveles, quizá sea necesario recordar lo obvio: “La información es del ciudadano”, como se dijo la semana pasada en un fallo dictado en La Plata. Cuando se apagan las preguntas, se debilita la democracia. Y cuando se eluden las respuestas, se impone la oscuridad.