Lizzie Peña se preocupó. Habían pasado varios minutos desde que vio por última vez a su hermana, Angie Samantha, en las aguas de West Bay, el enclave turístico más cotizado de Roatán, en el Caribe hondureño. Era el primer día de 2022 y las hermanas habían ido hasta una de las empresas del lugar que alquilan motos acuáticas. Rentaron dos. Pronto se separaron, pero en algún momento, después de rato en el agua, Lizzie dejó de ver a Angie. Luego, el terror.
Angie Peña, de 22 años, no volvió a aparecer. Lizzie llamó a su madre, Michelle Melgares, quien llegó del hotel en que se hospedaba la familia hasta el lugar en el que sus hijas habían alquilado las motos acuáticas. Michelle, desesperada, pidió a los empleados del lugar que salieran a buscar a Angie. Encontró desdén. Nadie podía adentrarse al mar a buscar a la joven, le aseguraron, porque no había dinero para la gasolina. Ella ofreció pagar. Le dijeron que no.
Lo que siguió fue un camino tortuoso lleno de respuestas parecidas, ya no de empleados de una compañía de rentas, sino de agentes del Estado hondureño con los que Michelle Melgares y su familia empezaron a lidiar en sus intentos por encontrar a Angie.
Esos agentes, dice la señora Michelle, le tendieron una trampa. La hicieron buscar a su hija mar adentro, en las aguas que separan las costas hondureñas de Belice, cientos de kilómetros al norte, cuando, en realidad, a Angie la habían retenido ahí mismo, en hoteles que sirven a una red de trata de personas liderada por estadounidenses que llevan años instalados en la isla de Roatán.
“Fue una trampa en la que yo caí: busqué a mi hija en el mar y no en la tierra. No se la había llevado el mar, se la habían llevado en tierra. Perdí un mes”, relata Michelle Melgares en una charla telefónica con Infobae.
Eso, que Angie no se había perdido en el Caribe, lo sabría Michelle con certeza semanas después. El 1 de enero de 2022, cuando Lizzie, su otra hija, le llamó y le dijo que no hallaba a su hermana, Michelle lo dejó todo para dedicarse de lleno a buscar a Angie. Desde el principio, los policías hondureños destacados en Roatán, al igual que la marina mercante, le insistieron que había que buscarla en el mar, llegar incluso a los cayos de Belice, y a las costas de Guatemala si era necesario, para encontrar a Angie.
Michelle invirtió su dinero para pagar gasolina, para mudarse de Tegucigalpa, la capital hondureña, a Roatán, para comprar pasajes aéreos. Buscó en el mar durante un mes, sin parar. Y mientras más buscaba más le carcomía la duda de que no estaba mirando en los lugares correctos. Pero los policías y los fiscales hondureños que se hicieron cargo del caso le insistían: a Angie había que buscarla en el agua.
La esperanza asomó a pocos días de la desaparición. A las 4:40 p.m. del 8 de enero de 2022, una flotilla de guardacostas y botes pesqueros beliceños encontraron flotando en el mar, en las coordenadas 16º 42′ 33.5″ y 50º 39.3 O, un chaleco salvavidas color naranja y un cable rojo. Dos días después, el 10 de enero a las 12:47 p.m., los beliceños entregaron los objetos a autoridades hondureñas. Así lo establece un informe sobre la búsqueda de Angie Peña en aguas de Belice firmado por el teniente Kenrick Thomas, de la guardia costera beliceña, del que Infobae tiene copia. Los hondureños concluyeron que era el chaleco que Angie vestía el día que desapareció y así lo comunicaron a la familia de la joven. Lizzie Peña, la hermana de Angie, asegura que ese no es el chaleco que les dieron el 1 de enero de 2022 cuando alquilaron las motos acuáticas.