
Los radicales han visto crecer su capital en el territorio nacional, pero no les alcanza para conseguir
encabezar las fórmulas presidenciales de Juntos por el Cambio. Las figuras de Morales y Manes, y
el rol de dos mendocinos que ya trabajan con el jujeño.
El radicalismo se ve redimido por un resurgimiento de dirigentes que generan expectativas en
diversos puntos del país. Su extensión territorial y experiencia de gestión son su principal capital y
eso es lo que le ofrecieron en su momento a un PRO al que le cuesta salir de su rol casi municipal
en la Ciudad de Buenos Aires, y a una identidad corta en la línea de tiempo: sus dirigentes acreditan
pasados contrapuestos dentro del período de los 40 años de la democracia recuperada en 1983.
Así es que a los macristas la pelea interna los condiciona, mientras que a los radicales esa práctica
parece darles motivos para seguir viviendo más de 100 años después de su inicio en la historia
política argentina.
El triunfo de la UCR en la interna de La Pampa reciente, sumado a figuras que avanzan a nivel
nacional, como Rodrigo de Loredo, Carolina Losada, Martín Tetaz, Facundo Manes y Gerardo
Morales, sin olvidar el rol del mendocino Alfredo Cornejo, entre otros, les está levantando la
autoestima.
Del otro lado, dentro de Juntos por el Cambio, dos dirigentes oriundos del peronismo, como son
Horacio Rodríguez Larreta y Patricia Bullrich, intentan despegar y encabezar la fórmula
presidencial en medio de acusaciones que se neutralizan mutuamente.
En ese contexto, la bajada de Cornejo a competir por la gobernación de Mendoza dejó el campo
liberado para que la disputa por la presidencia la encabecen solo dos figuras: Morales y Manes.
Sin embargo, los datos dan cuenta de un fuerte ataque sobre el bonaerense que es una
incorporación desde afuera de la política y que, por ello, sufre todo tipo de descalificaciones y lo
peor que puede suceder: ridiculizaciones debido a sus frases y su relato personal.
Pero hay algo que golpea más fuerte a Manes y es su idea de prescindir de la grieta y retomar
valores socialdemocrátas de la UCR. Allí sufre dos consecuencias: el de los tiempos, corridos
hacia el liberalismo y con el desdibujamiento de la socialdemocracia en el mundo; y lo otro es que
no parecen tener plafón aquellos que no estén en la fuerte dicotomía kirchnerismo –
antikirchnerismo.
En este punto, Manes sufre de vértigo: llegó a escalar en la consideración y a ser medido en las
encuestas, a ser imitado en la TV y, con ello, penetrar en el país y el Conurbano como personaje en
discusión, pero ahora no sabe cómo bajarse. Sus dotes personales como intelectual que superó
obstáculos, han quedado paralizados en la cumbre.
Por su parte, Morales avanza dentro del corralito que la sociedad le ha puesto al radicalismo. No
puede salir demasiado de su zona de confort, pero le juega a favor de continuar siendo el candidato
con más apoyo el hecho de estar en la grieta, gracias a su pelea con Milagro Sala, un símbolo, pero
además por apelar a la mística partidaria y vender su gestión como gobernador de Jujuy, que se
percibe como activa e innovadora.
Morales ha sumado a dos mendocinos que conocen el territorio nacional y sobre todo, a la
dirigencia radical, y que tienen capacidades adecuadas. Se trata de Julio Cobos, cuyo aporte es
simbólico aun hoy a raíz de su performance como vicepresidente de Cristina Kirchner y su
oposición a la Resolución 125 que lo instaló en el escenario nacional, situación que desaprovechó
para sí mismo. El otro es Luis Borsani, un radical que fue diputado nacional pero, sobre todo, un
administrador del bloque y de la Cámara, con trato personal con todos los sectores y capacidad de
organización logística, como la desplegada con el lanzamiento presidencial de Ernesto Sanz, del
que fue armador, y que luego no fue respaldada por la sociedad.
A pesar del entusiasmo que les otorga a los radicales la información que llega desde provincias en
donde suman legisladores y apoyo, a pesar de deserciones payasescas y que se ven como
oportunistas, como la de Ricardo (el hijo de) Alfonsín, que pide la disolución de Juntos por el
Cambio, les tocará luchar contra los algoritmos que manejan las discusiones sociales sobre la
política, qué hacer y qué no, las cancelaciones que surgen desde las redes y el corrimiento hacia la
derecha del electorado.
Si Manes consigue saber cómo bajarse, el radicalismo tendrá que tenderle un auxilio suficiente para
que no se vaya de la política justo cuando habían conseguido sumar a alguien de afuera. Y si
Morales se consolida, el paso siguiente será asegurarse una vez más como compañero de fórmula
capaz de sumar, como ya lo fuera de Roberto Lavagna en 2007, aunque con nulo éxito.