
Las exportaciones ucranianas y rusas de granos, que suministran el 12% de las calorías que consume el planeta, están paralizadas. Los países sudamericanos podrían sustituir una parte de esa necesidad, pero padecen trabas estructurales para el comercio.
Las guerras matan mucho más allá de los campos de batalla. Una bomba puede destruir un granero sin provocar víctimas, pero muchos podrían morir a causa de la falta de los granos que estaban allí acumulados. La invasión ordenada por Vladimir Putin amenaza con convertirse en una desgracia mucho más grande que la que están viviendo los ucranianos. “La guerra está golpeando un sistema alimentario mundial debilitado por el covid-19, el cambio climático y una crisis energética”, dice la revista The Economist. Las exportaciones ucranianas de grano y semillas oleaginosas están paralizadas y las rusas en camino de estarlo. Juntos, los dos países suministran el 12% de las calorías que consume el planeta.
Antes de la guerra ya la situación alimentaria global era preocupante. El Programa Mundial de Alimentos (PMA) de Naciones Unidas había advertido que 2022 sería un año muy difícil debido al arrastre de la crisis de la pandemia y los efectos de las sequías. China, el mayor productor de trigo, ya anunció que esta cosecha puede ser la peor de su historia a causa del retraso de las lluvias. Las temperaturas extremas también golpearon duramente en la India, el segundo productor mundial. Lo mismo ocurre en el Cuerno de África y en el denominado “cinturón de trigo” de Estados Unidos y la región cerealera de Francia.
El secretario general de la ONU, António Guterres, advirtió esta semana que los próximos meses amenazan con “el espectro de una escasez mundial de alimentos que podría durar años”. Y, obviamente, las primeras víctimas de una situación como esta son los más pobres. Los hogares de las economías emergentes gastan el 25% de su presupuesto en alimentos, y en el África subsahariana llega hasta el 40%. En Egipto, el pan proporciona el 30% de todas las calorías a la población. De acuerdo al estudio del PMA, hay 250 millones de personas que están al borde de la hambruna y otros 1.600 millones “en riesgo latente de estarlo”. Si, como es probable, la guerra se prolonga y los suministros de granos por parte de Rusia y Ucrania continúan en estos niveles, la creciente y preocupante inflación que azota al mundo pasará a ser un problema menor.
En este contexto, la atención del mundo comienza a centrarse en los países y regiones que podrían suplir esta escasez tan grande de alimentos. Y es aquí donde aparece el Mercosur. Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay son los países con capacidad excedente para sustituir a los que la guerra colocó fuera de los mercados mundiales, sobre todo trigo, maíz, cebada y aceite de girasol. Una oportunidad única para el crecimiento de sus economías y contener el estrepitoso aumento de la pobreza en la región. Claro que esto no es mágico. Es sumamente difícil pasar a producir un 50% más de una cosecha a otra. Sudamérica también está afectada por las sequías y otros efectos del cambio climático. Y todos los países de la región tienen sus propias dificultades interiores políticas y económicas. Pero aún está fresca en la memoria de sus habitantes que hace cien años o poco mas constituían precisamente lo que ahora se requiere: ser los productores de alimentos más importantes del mundo.
Hay incentivos para estos países que también constituyen sirenas de alarmas para ellos y los necesitados. El precio del trigo, que ya había subido un 53% desde principios de año, aumentó otro 6% más el 16 de mayo, después de que la India dijera que iba a suspender las exportaciones a causa de una ola de calor extremo. Hasta ese momento, había expectativas de que la cosecha sería abundante, el gobierno de New Delhi esperaba que la rupia se fortaleciera con las exportaciones. Cuando las expectativas sobre el volumen de la cosecha se desplomaron, se produjo el vuelco político. “La aceleración de las exportaciones, alentada por los altos precios en el extranjero, hizo temer una escasez en el país y esto provocó la medida del gobierno de Modi”, explicó el pool de inversores Lafinure.
La India no está sola. Otros 26 países están aplicando severas restricciones a las exportaciones de alimentos que abarcan el 15% de las calorías comercializadas en todo el mundo. En la mayoría de los casos se trata de prohibiciones totales. Pero Ucrania y Rusia constituyen la parte del león. Suministran el 28% del trigo comercializado a nivel mundial, el 29% de la cebada, el 15% del maíz y el 75% del aceite de girasol. Entre los dos, aportan aproximadamente la mitad de los cereales que importan El Líbano y Túnez; en el caso de Libia y Egipto, la cifra es de dos tercios.