
La explotación del Cerro Rico de Potosí, desde hace cinco siglos, está causando hundimientos en la cima que a su vez amenazan la vida de miles de mineros bolivianos.
Los empleados, entre el miedo y la resignación, defienden su necesidad de trabajar a sabiendas del peligro, sin que el Estado ejecute acciones ante un posible desastre.
Gracias al Cerro Rico, descubierto en 1545, Potosí ha pasado a la historia como una ciudad de leyenda porque en la colonia fue la primera productora mundial de plata, el soporte del imperio español y un motor del comercio internacional ya que en el siglo XVII las monedas potosinas eran valoradas como lo es en la actualidad el dólar estadounidense.
Lejos de ese pasado de opulencia, en el que se cruzan la historia y la fantasía, la montaña continúa siendo agujereada y dinamitada por los mineros porque es la forma fácil de obtener los materiales con óxidos de plata acumulados desde la colonia.
Potosí se encuentra a una altura de 4.000 metros sobre el nivel del mar en el suroeste de Bolivia y la cima del cerro a 4.702 metros.
En la bocamina Cristo de Piedra, una de las 5.000 que hay en Cerro Rico, el minero Miguel Delgadillo dice que los obreros no tienen otra opción que seguir perforando.
“Existe el miedo, pero qué podemos hacer. Necesitamos llevar el pan del día a nuestra familia. Tengo cuatro hijos”, afirma Delgadillo, de 50 años y trabajador de la empresa Pailaviri, que por jornada suele ganar cerca de 20 dólares por extraer cargas de roca y tierra que contienen plata, zinc, plomo y estaño.
Para protegerse y como es costumbre entre los mineros bolivianos, Miguel realiza cada viernes un rito que incluye masticar hojas de coca y beber alcohol casi puro para invocar la ayuda del ‘Tío’, que es una imagen hecha en barro del diablo al que consideran dueño de las vetas y del subsuelo.
Según informes policiales, en lo que va del año, al menos una decena de mineros han muerto en el Cerro Rico por derrumbes e intoxicaciones, aunque Miguel cree que son muchos más los fallecidos en los accidentes laborales sin que sean reportados.
“Se está cayendo el Cerro, hay que atajarse (impedirlo)”, dice la anciana quechua Basilia Mamani, de 74 años, que pertenece al sector de las “palliris” o mujeres que rebuscan entre las rocas desechadas los pedazos que aún contienen minerales.