
Algunas más criticadas que otras, las medidas apuntan a reafirmar el dominio sobre la vida privada de los ciudadanos: cuánto tiempo pueden dedicar los menores a los videojuegos -en medio de un fuerte avance sobre las empresas tecnológicas-, la enseñanza de la doctrina de Xi a los escolares, presiones contra las estrellas pop que no cumplen con una conducta que agrade a Beijing, y hasta cómo deben verse los hombres, con la prohibición de imágenes afeminadas en TV.
Esto supone un cambio de perspectiva: ya no hay indiferencia con respecto a esta faceta. El Partido Comunista busca estar en el centro de la esfera pública y también privada.
“Ahora, con las regulaciones sobre el entretenimiento y demás, parece que todo el ámbito de opciones se está reduciendo significativamente”, dijo Dali Yang, profesor de ciencias políticas de la Universidad de Chicago, consultado por CNN. “El Estado está intentando asumir algunas de las funciones de ser padre de alguna manera, ayudándoles o intentando ayudar. Pero, por supuesto, sabemos lo limitado que podría ser (su efecto) a largo plazo, especialmente cuando tenemos una tremenda diferencia generacional aquí”, añadió.
La intromisión del partido se ha hecho notoria en las últimas semanas, pero es un proceso largo de gestación que ya abarcaba lo social y económico, desde la represión política hasta el avance sobre las empresas y la reforma del sector educativo.
El vertiginoso crecimiento económico del gigante asiático estuvo acompañado por la creciente exposición al mundo exterior de las nuevas generaciones, con un abanico más amplio en estilos de vida. El control político se mantenía, pero hubo una cesión en libertades sociales… hasta que el “acuerdo” tácito comenzó a tambalear.