
Si bien se trata de un oficio históricamente estigmatizado, la organización en cooperativas y el trabajo de diversas organizaciones de la sociedad civil y Gobiernos alienta una modalidad inclusiva de reciclaje que reconoce su valor económico y social. Las experiencias de Buenos Aires y Bogotá
Silvio Ruiz Grisales tenía 12 años cuando las urgencias económicas de su hogar en Bogotá, que compartía con su madre y una hermana, lo impulsaron a dejar la escuela y dedicarse a la recolección de residuos para su reciclaje.
“El reciclaje me permitió salir de la miseria. En casa no teníamos con qué comer”, recuerda ahora con 51 años desde la capital colombiana. “Ha sido una vida en la profesión. Por fortuna, la organización ha sido el vehículo para construir un proyecto de vida”.
Cuando Ruiz comenzó con el reciclaje, el oficio era objeto de estigmatización y persecución política. Hoy, en cambio, el reciclaje inclusivo ha dado importantes (aunque aún incipientes) pasos para convertirse en una solución ambiental a la vez que económica. Y en ello, como dice Ruiz, la organización de los propios recicladores, principalmente en cooperativas, ha sido la clave en distintas ciudades de América Latina.
Se llama reciclador de base a quien trabaja directamente en la recolección de residuos en calle o, lamentablemente, en vertederos. Pese a la altísima tasa de informalidad de la actividad, se estima que en la región 2 millones de personas obtienen su sustento de la recuperación y comercialización de materiales reciclables.
El Día Mundial del Reciclaje es una buena oportunidad para advertir el panorama del reciclaje inclusivo en la región y qué tienen en común aquellas iniciativas que han logrado un mayor desarrollo.