
“En Estados Unidos los políticos no toman el poder, la gente se lo concede”, lazó Joe Biden en lan noche del lunes, cuando el Colegio Electoral ya lo había votado como presidente electo y así enterrado las aspiraciones de Donald Trump de subvertir el resultado de las urnas. “La llama de la democracia fue encendida en esta nación hace mucho tiempo. Y sabemos que nada, ni siquiera una pandemia –o un abuso de poder– puede extinguir esa llama”, agregó.
En el discurso más duro que se le ha escuchado desde las elecciones del 3 de noviembre, el futuro jefe de la Casa Blanca asemejaba el escenario de las últimas semanas en la primera potencia mundial al de un país dictatorial y corrupto. Respiraba aliviado porque las instituciones estadounidenses habían funcionado.
Hay quienes piensan que Biden eligió contemplar el vaso medio lleno con tal de mirar hacia adelante, dar vuelta la página y sanar las heridas de un país desgarrado. Es verdad que finalmente el Colegio Electoral sorteó las amenazas y que los electores votaron ordenadamente y sin sorpresas, a pesar de estar sometidos a un fuerte clima de amenazas no solo del presidente sino también de los “trumpistas” enfervorizados que aún están convencidos de que les robaron la elección.
Por temor, algunos electores se reunieron en sitios secretos, otros con custodia policial, otros en edificios rodeados de manifestantes. Pero se votó sin sobresaltos y la inédita carrera al fin terminó con el mismo resultado de las elecciones. Biden ganó, Trump se convirtió en lo qué él más detesta en el mundo: un perdedor.
También es verdad que los funcionarios locales (incluso los republicanos) resistieron presiones y avalaron el conteo que ellos habían presenciado. Además, la Corte Suprema –a pesar de ser dueña de una mayoría conservadora que ayudó a consolidar el propio Trump con la nominación de tres jueces— desechó de plano las demandas del presidente por fraude y que nunca presentaron pruebas concretas.