Líbano La madre de todas las explosiones en un país largamente bombardeado

El Líbano ya se encontraba en una grave crisis económica antes de que se produjera la devastación. Ahora, se le suman 250.000 personas sin casa y daños por más de 5.000 millones de dólares.
A drone picture shows the scene of an explosion that hit the seaport of Beirut, Lebanon, Wednesday, Aug. 5, 2020. A massive explosion rocked Beirut on Tuesday, flattening much of the city’s port, damaging buildings across the capital and sending a giant mushroom cloud into the sky. (AP Photo/Hussein Malla)

Se necesita mucho para asustar a los beirutíes acostumbrados a décadas de guerra. Pero ni semanas de intensos bombardeos podrían haber causado el pánico y el daño que provocó la explosión que mató a centenares y dejó heridos a miles. La onda expansiva vino desde el puerto y se adentró por los barrios de Gemmayze y Ashrafieh hasta el centro histórico de Solidare, elegantemente reconstruido en los últimos años. Destrozó todo a cinco mil metros a la redonda. Sacudió los edificios a decenas de kilómetros con la fuerza de un terremoto de 3,3 grados. Se sintió fuerte en Chipre, más de 250 km. bien adentro en el Mediterráneo. Y lo de siempre: edificios en los que la fachada quedó reducida a unos cuantos cables colgados, desaparecieron la mayoría de las construcciones cercanas al puerto, mampostería y vidrios por todos lados, lagunas de sangre, autos quemados o tapados por los escombros, árboles levantados de cuajo, gente ensangrentada y cubierta de polvo caminando sin destino, cuerpos –más bien partes- incrustados en lo que fueron vidrieras de negocios. Muerte y destrucción. La guerra sin guerra.

La versión oficial, hasta ahora no desmentida, asegura que el incendio comenzó en una fábrica de fuegos artificiales que funcionaba en un depósito del puerto y que se extendió hasta un edificio lindero donde se habían recopilado 2.700 toneladas de nitrato de amonio, una sustancia química que se utiliza en la fertilización de cultivos y con la que terroristas de todos los colores y cepas fabrican bombas de gran potencia. Así fue en el atentado contra la AMIA, en Buenos Aires, y el de Oklahoma de 1995. Pero en esos casos las cantidades de nitrato de amonio usadas no superaron las dos toneladas. Aquí se trató de más de mil veces esa medida. El equivalente a una bomba nuclear de un kilotón.

Claro que, tratándose de El Líbano, siempre existen las sospechas de que esta catástrofe podría haber sido provocada. “Acá nada ocurre sin una razón detrás. Nada es inocente”, me recordó un colega, corresponsal en Beirut de un diario español, con el que me comuniqué por mail. “No se puede descartar nada. Este siempre es un territorio en disputa y donde se envían mensajes a través de bombas”. Y de inmediato me aclaró: “no quiero decir que éste haya sido un atentado, pero tampoco lo podemos descartar por los innumerables antecedentes que hay”.

El Líbano fue desde siempre el campo de batalla de los musulmanes, entre los shiítas apoyados por Irán y los sunitas con el respaldo de Arabia Saudita. Los ayatollahs de Teherán lograron imponer allí una cuña que desestabiliza a Medio Oriente desde hace cuarenta años: el Hezbollah o Partido de Dios. Se constituyó como un grupo político con una milicia de apoyo y se convirtió en el brazo armado de los deseos iraníes. Sus milicianos se enfrentaron con relativo éxito al imbatible ejército israelí y combatieron eficazmente junto a las fuerzas del régimen de Bashar al Assad en la guerra siria. También fueron la mano de obra de innumerables atentados en todo el mundo. Los de la AMIA y la embajada israelí en Buenos Aires fueron ejecutados por milicianos del Hezbollah, que tienen un centro de operaciones en la Triple Frontera entre Brasil, Paraguay y Argentina.

Precisamente, este viernes se conocerá el fallo del Tribunal Internacional de Justicia de La Haya que juzgó a cuatro integrantes del Hezbollah por haber hecho explotar el auto del entonces primer ministro Rafik Harari, en febrero de 2005. Fueron quince años de idas y vueltas con demostraciones de fuerza de varios sectores para que no se lleve a cabo el juicio hasta que, finalmente, los terroristas fueron conducidos ante los jueces internacionales. Hezbollah desconoce al tribunal y asegura que está dominado por Israel y Estados Unidos.

La tragedia del martes que dejó al menos 250.000 personas sin casas y daños que superan los 5.000 millones de dólares, viene a sumar mayor incertidumbre en una ya prolongada crisis económica que vive el país. El 7 de marzo, El Líbano declaró por primera vez en su historia que entraba en suspensión de pagos de la deuda exterior al no poder hacer frente a un vencimiento en eurobonos de 1.200 millones de dólares. El primer ministro, Hasan Diab, reveló que El Líbano arrastra una deuda pública de más de 90.000 millones de dólares, lo que supone un 170 % del PIB.

Además, admitió que más del 40 % de la población pronto se encontrará bajo el umbral de la pobreza (las consultoras independientes ponen esa cifra en más del 50%). En un discurso a la nación el 24 de abril, Diab acusó directamente al gobernador del Banco Central libanés, Riad Salame, de la caída libre de la moneda local. Una pelea política que agravó aún más la situación.

La economía libanesa está fuertemente dolarizada. Los depósitos de individuos en los bancos, en su mayoría, son ahorros en dólares. Y ahora, los bancos, en una medida unilateral, decidieron no devolver el dinero de los ahorristas en la divisa extranjera. El que depositó dólares recibe libras devaluadas. A esto, hay que sumarle una vertiginosa subida de los precios de productos básicos, de entre un 25 y un 60%. Y una ola de despidos masivos que dejó a más de 220.000 personas sin empleo en los últimos tres meses.