
En la cantidad de iniciativas y en sus efectos paliativos inmediatos radicarían la fuerza y el impacto del combo económico por anunciar. Así lo imaginan en el Gobierno. No habría riesgo, por lo tanto, de contradecir el rechazo presidencial a los planes económicos.
Más que frente a la presentación de un programa, se estaría ante una revalorización de la técnica del patchwork. La reunión de piezas (o parches) destinadas a cubrir la contingencia busca construir la imagen de una administración activa. No importa que se vean las costuras.
Diferente sería el espíritu del proyecto de reforma judicial, que prometen enviar a la Cámara de Diputados en las próximas 48 horas (si es que el émulo del general Alais, encargado de hacerlo llegar, no encuentra otro motivo de retraso). La iniciativa en la que más se ha involucrado y que más representa al Presidente tendría las características de un plan integral. Aunque habrá que revisar si no se colaron algunas inconsistencias y otras cosas tras su paso por la oficina validadora del Instituto Patria. Fernández pone en juego su condición más autovalorada, la de profesor (adjunto) de Derecho Penal.
El entusiasmo y la expectativa que los anuncios generan en la Casa Rosada y en las oficinas propaladoras aledañas no disipan algunas dudas, incluso dentro del propio Gobierno, sobre el impacto que tendrán en la ciudadanía. «No va a ser fácil que la gente común, desbordada de necesidades, vea en la reforma judicial algo que la vaya a beneficiar. Tampoco está asegurado que logremos evitar que, a los que les preocupa la corrupción, la interpreten como un proyecto para consagrar la impunidad de Cristina y los suyos. Se va a necesitar una estrategia de comunicación muy eficiente y de voceros indiscutidos que la expliquen y la avalen. Y, aun así, tal vez no alcance», se sincera un alto funcionario preocupado por el presente, pero mucho más por el futuro del gobierno que integra.
No es casual que en esa inquietud aparezcan las menciones y las dudas sobre eficiencia y comunicación. Fuera del universo pandémico, el balance no arroja resultados positivos para el Gobierno en esos rubros. El problema tendría una misma raíz: algunos déficits en la conducción política, que no termina de fijar un rumbo, de ordenar la interna del Frente de Todos, de ampliar la base de sustentación propia del Presidente y de construir voceros que acompañen o amplifiquen la voz presidencial, cada vez más desgastada por uso y abuso.
A pesar de la lenta pero sostenida caída de la imagen del Gobierno y del Presidente, los altos números que siguen mostrando las encuestas resultan un peligroso y anestesiante placebo, según admiten altos funcionarios que conservan el espíritu crítico y miran con preocupación el tiempo transcurrido sin cambios de fondo o con áreas donde la subejecución (para no decir la inacción) es norma.
Uno de los colaboradores presidenciales se lo manifestó recientemente al jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, luego de participar en una reunión en la que se procuraba endulzar cada sinsabor de la realidad con sondeos de opinión. El embrujo encuestadoril amenaza con atrapar incluso al alter ego presidencial, que hasta hace menos de dos meses relativizaba la importancia, así como la profundidad, de esos números.
La sombra de Macri
Un extraño e inquietante paralelismo entrevieron hace pocos días un actual funcionario y un exintegrante de los equipos macristas en una charla telefónica. «Macri no hacía ni nos dejaba hacer política para ampliar su base de sustentación porque confiaba en el apoyo que tenía en las encuestas y en la gestión. Al final, cuando falló la gestión, se encontró con que no tenía suficiente soporte político. ¿No temés que a Alberto le pase lo mismo: que la gestión no le alcance y que le falte sustento político propio para afrontar los problemas que se van a venir sin tener que hacerle más concesiones a Cristina?», preguntó el macrista desencantado. El albertista angustiado sigue pensando para sí cuál sería la respuesta más adecuada sin atentar contra la sinceridad que el vínculo amerita ni admitir parecidos que lo flagelarían.
Los últimos avances de Cristina Kirchner y de varios habitués del Instituto Patria, que se animan a destratar a ministros y funcionarios nacionales de cuño albertista, se expresan con la suficiencia de no temer que eso se interprete como una desautorización al propio Presidente. Una verdadera relativización para las afirmaciones de otra pura sangre del albertismo, la secretaria legal y técnica, Vilma Ibarra, quien sostiene que «no hay dos terminales de poder, el Presidente es el que tiene el liderazgo».
Mientras esas voces disonantes se reproducen, más elocuente se vuelve el silencio de quienes pueden darle consistencia al discurso y sustento a la gestión de Fernández, admiten con inquietud en las cercanías del despacho presidencial.