
En la campaña que lo llevó a la Presidencia, Alberto Fernández destacó, en entrevistas, debates y pronunciamientos, que en materia política la tarea era recuperar un rol activo del Estado; en materia social, propender a la protección de los sectores más débiles; y en materia internacional, procurar el equilibrio ante las grandes potencias. En esas tres materias, la idea central era reflejar, al menos en el discurso durante la campaña de 2019, la contracara del gobierno de Mauricio Macri, que privilegió el mercado, careció de empatía frente a los grupos necesitados y enarboló una política exterior propia del unilateralismo periférico concesivo. La agenda de la competencia electoral fue, por supuesto, más amplia: el endeudamiento, la inflación, el federalismo, la justicia, la interrupción voluntaria del embarazo, etc. Sin embargo, a los efectos de comprender la estrategia del Frente de Todos ante la emergencia del coronavirus, su visión sobre lo político, lo social y lo internacional resulta clave.
La celeridad, intensidad y variedad de acciones emprendidas cuando se hizo evidente la pandemia mostraron que Fernández estaba dispuesto a colocar el papel del Estado en el centro de sus medidas. Ahora bien, en tiempos de catástrofes en todos los países, con gobiernos de derecha e izquierda, el Estado retoma centralidad. En cuanto al coronavirus, se han podido advertir dos tendencias en ese sentido: las naciones que buscaron suprimir la expansión del virus y las que intentaron mitigarla. Entre las primeras se destacan los países del Sudeste de Asia (China, Corea del Sur, Singapur, Taiwán, por ejemplo): cuarentena masiva inmediata, testeo riguroso de la población, acción sanitaria sostenida, severas sanciones a los que incumplen el aislamiento social, freno total de la economía. Entre las segundas está la mayoría de las naciones de Occidente. Y en ese grupo la diferencia se expresa en variaciones respecto al distanciamiento social, el alcance del confinamiento, la cantidad de pruebas sanitarias, entre otras. Pero indudablemente, una cosa es Alemania y otra Argentina.
En el fondo, y más allá de las diferencias de regímenes políticos entre «supresores» y «mitigadores» e intramitigadores, lo fundamental radica en las capacidades estatales. El caso argentino comprueba que la voluntad de reivindicar el Estado se choca con la realidad, más estructural, de décadas de paulatino desmantelamiento a pesar de que diferentes gobiernos intentaron reconstruir los atributos estatales. Un ejemplo histórico y comparativo ilustra notablemente el debilitamiento progresivo del Estado argentino: en 1956 el país experimentó una asoladora epidemia del polio. Después de desplegar una política intensiva de vacunación, se convirtió en el primer país latinoamericano libre de polio. El efecto de aquel desmantelamiento ha sido un sistema de salud pública muy averiado.
En materia social, el gobierno ha adoptado una política de control de daños, especialmente dirigida a la población en mayor situación de riesgo. Bonos, aumentos, compensaciones, provisión alimentaria, entre otros, son algunas de las decisiones que apuntan a reducir los efectos deletéreos de la emergencia sanitaria sobre los más pobres. Un país que viene de un desplome del crecimiento desde 2018, con una inflación persistentemente alta, una deuda acumulada (al 31 de diciembre de 2019) de 227.370 millones de dólares, y una caída de las inversiones extranjeras, está asumiendo una serie de medidas que seguramente harán mucho más difícil superar una recesión que se agudizará. Ciertamente, ante el dilema salud/economía, el gobierno de Fernández escogió privilegiar la salud. Ante la envergadura previsible de lo que será el reto económico en el post-coronavirus, habrá que observar si el Frente de Todos decide agrandar su base de sustentación social y política ante las enormes dificultades que se avecinan. Posiblemente Argentina necesite una coalición de gobierno aún más amplia para lidiar con una situación social muy delicada, sin olvidar que está pendiente la negociación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI) y los bonistas privados.
En materia internacional, el Ejecutivo llevó a ese ámbito su énfasis en las dimensiones sanitarias, humanitarias y multilaterales por sobre las económicas, securitarias y unilaterales. Vale la pena, en esa dirección, notar el creciente auge del lenguaje de guerra contra el coronavirus que han invocado mandatarios occidentales (e incluso algunos expertos en epidemias). La postura argentina la manifestó Fernández en la cumbre virtual del G-20 (organización actualmente presidida por Arabia Saudita). Y, muy probablemente, insistirá en llevar esa posición a la Organización de las Naciones Unidas (ONU). Cabe advertir, sin embargo, que el posicionamiento de Argentina ante el múltiple desafío catalizado por la pandemia global no parece tener aún eco en la región, pues el multilateralismo latinoamericano ha colapsado; en especial, desde 2016 en adelante.
En breve, el fenómeno del coronavirus, con todas sus tragedias y encrucijadas, ha puesto a prueba algunas de las promesas electorales del Frente de Todos. Habrá que ver los resultados de este intento de llevar a la práctica aquello que se enunció: una prueba sin duda ardua para un gobierno en medio de una Argentina devastada.
Juan Gabriel Tokatlian