
Aída, con voz ronca y marcadas arrugas en su piel morena y como a lo largo de sus 25 años de trabajo en el Ministerio de Acción Social decidió madrugar una vez más, esta vez para cobrar su jubilación por haber sido enfermera. Ella dice que no le cuesta, que ya está acostumbrada a levantarse temprano. Así que tomó mate y subió al primer colectivo, paradojas de la vida, y con una sonrisa en su cara fresca repite una vez mas: “pucha, ahora el colectivo pasa por frente el Ministerio”.
Como buena trabajadora de la salud, Aída llegó al banco con barbijo y con alcohol para limpiarse sus delicadas manos. Aun no había amanecido y ya habían un par de cuadras de cola, ella lo tomó con total calma, sus manos tomaron ambos costados de la campera de lana y se cruzaron para abrigarse un poco mas del suave frío de la mañana jujeña.
Delante de ella, dos viejitos de pantalón de grafa hablaban entre sí, más que charlas eran quejas, y aun el banco no había abierto.
Aída sufre de las rodillas; “de tanto estar parada y yendo de un lado a otro” dijo ella, pero aun no eran una molestia, pensó que no podían aguantar un par de horas más.
“Para que voy a molestar a mis hijos que vengan, si siempre me manejé solita, siempre fui independiente, desde niña. Además, a mi me gusta tener mi plata, me gusta saludar al cajero del banco y que me de mi jubilación. Nunca usé un cajero electrónico, uno no confía en esas cosas vio”, decía Aída como para hacer mas llevadera la espera.
Estaba nublado, y el cielo comenzó a aclararse. Aída habla alegremente de inyecciones, vacunas y virus con una mujer que está atrás de ella. Es la única sonriente en esa parte de la fila.
Un hombre del banco comienza a aclarar dudas de ancianos que entre preguntas y quejas van rompiendo las recomendaciones de aislamiento y se van juntando peligrosamente.
Ya de día y con el banco abriendo sus puertas, los jubilados y las personas que cobran la asignación universal comenzaron a amontonarse cada vez más, a esa altura ya la cola no solamente giraba toda la manzana sino que además que comenzaba a volver, es decir dos filas que se enfrentaban en una misma vereda. Unos iban y los otros venían.
Las rodillas de Aída resistieron, no así la de decenas de jubilados que sufrieron cansancio de sus píes y cuerpos, otros se descompensaron y debieron ser atendidos por personal de SAME que durante toda la mañana y pasado el mediodía asistió a muchos. En medio de todo este caos: una pandemia que azota al mundo, y sobre todo a ellos, a nuestros abuelos, nuestros mayores. Ellos, los mas vulnerables al COVID-19.
LAS IMÁGENES DE LA ODISEA








